Sobre empezando que es gerundio

Iba a hacer un análisis del 2019 pero luego he pensado que está de más. No hace falta hablar de un año que se ha quedado conmigo. Los bordes y espacios de las letras que escribo son trazos del año que se fue. Y en cada cosa que haga, aunque ya no lo diga, estará presente lo que 2019 devoró.

Pero hemos cruzado la línea del 31 de diciembre. El 1 de enero se ha presentado con sus mejores galas y ha desbloqueado otro nivel del gran videojuego de la vida. Edición 2020.

Me gusta empezar aunque no sea más que un ritual. El tiempo es el que es y nos movemos en líneas divisorias imaginarias. Pero cualquier excusa es buena si sirve para tomar conciencia. ¿Estás dónde quieres estar? ¿Eres cómo quieres ser? ¿Qué metas te vas a imponer para variar la respuesta de las dos primeras preguntas?

Yo creo que este año me lo voy a tomar con calma e ir tirando con un objetivo al mes o algo así. Ahora cogeré una libreta y me pondré a escribir a mano un esbozo general de lo que me planteo para los próximos meses. Básicamente, estar a gusto conmigo y con los demás, leer mucho y dominar los secretos del tiempo y el espacio que permiten que 24 horas cundan como 48.

Sobre causas y tambores de guerra

Justo anoche soñé con algo que me pasó esta semana. Una simple tormenta de arena que, relativizada con el letal flujo piroclástico, se queda en poquita cosa. De hecho, es una tontería enorme sacada de quicio. Pero incluso una pequeñez puede enturbiar la madrugada.

Cuando desperté súbitamente, como si alguien hubiera cortado la corriente onírica que la alimentaba, me acordaba de todo y me dije: “quiero escribir sobre esto en el blog. Mañana lo hago”. ¡Error! Las pesadillas recién salidas del horno pierden rápidamente su consistencia y cuando vuelves a levantarte de la cama, tras esa segunda ronda, se han convertido en una amalgama borrosa sin pies ni cabeza.

Por suerte, todavía puedo reconstruir los hechos a base de especulación. Porque aunque el hilo conductor se ha perdido, la idea sigue ahí y es una idea incrustada en mi sien. Fácil de retomar.

Tras despertar sentí que la vida podría ser mucho más sencilla si no nos esforzáramos tanto en complicarla. Si no eligiésemos el do de pecho. Si no eligiésemos retorcerlo todo. Si no convirtiéramos en complot la sencillez de una explicación obvia: no somos el centro del universo. A veces, simplemente, no se trata de ti. 

Pero nos dejamos contagiar, de una persona a otra, transmitiendo mal humor y confrontación. ¡Menuda gripe A-gria!

Sé que me puedo equivocar y que en esta vida hay que saber luchar. Pero dentro de mí un palpito entiende que las batallas se eligen con cabeza, no sólo con corazón y, desde luego, nunca con las tripas. Ay, ¡cuanta energía desaprovechada!

Me gusta una frase de Gandhi que reza tal que así:

 no hay que apagar la luz del otro para lograr que brille la nuestra.

Me da la impresión de que pasamos demasiado tiempo pendientes de lo que hacen otras personas y nos olvidamos de nuestros propios actos, defectos y virtudes.

hugo-jehanne-LOHVrTsdvzY-unsplashMe da la impresión de que nuestra paz está condicionada por la actitud de los demás. Y que la verdadera riqueza está en rodearse de gente que no ama la guerra. Porque se me ha advertido muchas veces del peligro de las aguas mansas y, aún así, encuentro belleza en ellas. Incluso en la malograda equidistancia se esconde un poquito de prudencia. A veces, incluso sabiduría.

Y, resumiendo, esta sería la retahíla de mis pesadillas nocturnas. Una avalancha provocada por un copo de nieve. Una auténtica estupidez llevada al extremo. Manos ásperas que pretenden arrastrarme al barro. Pero yo no veo la cruzada y arrojo las armas a un lado.

Esperan el fuego en mi mirada,  los puños apretados. Pero la causa no lo merece y yo me empiezo a preguntar por qué.

Sobre meses y camisetas

Meses e e-mails leídos acumulándose como camisetas en una silla. Es curioso usar esa analogía porque no te gustaban nada mis montañas de ropa adolescente y yo siempre decía que sí, que luego las ordenaría. Luego. Bonito concepto.

Casi un año de e-mails y aquí sigo, con alguna que otra avalancha textil desparramada en casa. Pero no es para tanto: no llega el algodón al río. Sé que estarías orgullosa de esos momentos en los que lucen simétricas en el armario. No hablo de Marie Kondo, hablo de ti. Una hipótesis basada en la experiencia porque te conozco bien. Te conozco bien…

Odio las conjugaciones verbales.

(“Te conozco bien”).

Usándolas mal aposta por inyectarme algo de morfina.

Te conocía bien.

La gramática no entiende de eufemismos.

No sé por qué escribo todo esto. Será porque me levanto algunas mañanas y no me acuerdo. Una resaca emocional, un “qué paso anoche” que retrocede hasta enero y, sinceramente, podría hablar de ti en presente otra vez. Pero el aturdimiento dura un segundo y, de nuevo, siento un poquito de frío. Un frío que araña tanto en agosto como en noviembre.

Me gustaría ser original pero dentro de mi cabeza vive un humano cliché. Un humano absurdo, un copia-pega de frases impresas en canciones desde que a mi especie le dio por juntar palabras y notas musicales. Lo típico que se dice, que se escucha, que repites y pierde la gracia por manido. Pero ahí está. Existe. 

¿Cómo era?

Algo parecido a “daría lo que fuera por abrazarte otra vez”.

Y chocar, sin más, contra esos odiosos verbos pretéritos,

chocar, sin más, con la certeza absoluta del nunca más.

Sobre armarios y colchones

La influencia de las palabras en nuestras vidas es algo que suele rondar mi cabeza. Estamos hechos de frases y de la historia que nos contamos a nosotros mismos y, en gran medida, de las historias que nos cuentan los demás. Por eso creo que somos responsables del relato colectivo que se construye a base de afirmaciones. Y cuando escucho a algunas personas sentenciar sobre ciertos temas, me provocan un nudo de inquietud en la boca del estómago. Por eso hoy quería hablar un poco de que se siente al ser LGTB y chocar de bruces con la narrativa del odio al diferente. Y para ello lo único que puedo hacer es contaros mi experiencia personal.

Ser gay implicó no vivir la edad del pavo porque yo no era como todos, me sentía un bicho raro y debía ocultarme. Implicó pensar que iba a perder conexiones en mi círculo social y familiar, que me rechazarían al saber lo qué era. Un miedo que conllevó un estancamiento, un freno, un muro. Y aunque estoy agradecido porque he tenido mucha suerte con la gente que me rodea, me inquieta que sea un factor imprevisible que dejas en manos de la suerte y me entristece que muchas personas en mi situación no han sido tan afortunadas.

Pero bueno, dije que iba a hablar de mi experiencia. Así que continúo. ¿qué sigue implicando todo esto?

Implica, todavía hoy, sentir vértigo al escribir “ser gay implicó…” porque una parte de mí vuelve a sentir que está saliendo del armario. Porque salir del armario no es un acto de valentía que practicas una vez en la vida y del que te libras para siempre. No eres valiente una vez, has de ser valiente todos los días.

¿Por qué?

Porque por defecto todo el mundo es heterosexual hasta que se demuestra lo contrario. Y para mucha gente demostrar lo contrario se convierte en una caza de brujas, en un cambio radical de paradigma. Todavía insultan y agreden a personas en los centros educativos (qué ironía) y en las calles por el mero hecho de ser quienes son. ¿Cómo no voy a sentir vértigo una y otra vez? Desmontar con palabras la configuración estándar que se espera de mí no es fácil. No siempre me queda coraje para salir del armario diariamente y, a veces, me digo  que a nadie le importa mi vida privada y que omitir no es lo mismo que mentir. Pero sé que no es cierto porque yo sé por qué elijo callar.

Para empezar es un eufemismo eso de que “a nadie le importa tu vida privada” o eso otro de que “yo no me meto con lo que cada uno quiera hacer en la cama” porque en el mejor de los casos, simplifica a la mínima expresión todo un universo de matices y en el peor, denota una intolerancia cínica. Si eres heterosexual no te planteas ni por un segundo que acabas de pronunciar “estoy buscando un regalo para mi novia” a un total desconocido. Trabajo en el comercio y hablo con cientos de personas a la semana y os aseguro que la confianza que practican los heterosexuales al salpicar las conversaciones con pequeños detalles de su vida cotidiana me fascina. Me da un poco de envidia no sentir esa misma libertad. El derecho a ser quiénes somos no empieza y termina en la intimidad de nuestra cama. La libertad y la igualdad deben trasladarse a la esfera pública y mientras siga existiendo miedo, la lucha por los derechos LGTB y los días del orgullo seguirán siendo necesarios.

Por eso, escuchar en medios de comunicación nacionales voces clamando al cielo que educar en la igualdad es adoctrinamiento ideológico me provoca escalofríos. ¿Vivir sin avergonzarnos es adoctrinamiento? ¿Salir a la calle sin temor es adoctrinamiento? No soy capaz de asimilar que alguien se esfuerce activamente en empequeñecer la dignidad de los demás. ¿Desde cuándo educar en la igualdad ha dejado de ser un derecho fundamental (y constitucional) para convertirse en adoctrinamiento?

Se me privó de una parte fundamental de mi desarrollo como persona. Lo que debía ser espontáneo y natural me parecía un castigo. ¿Por qué no era como los demás? El proceso de aceptación para descifrar cómo encajaba yo en el engranaje social, que convertía mi existencia en un chiste o un insulto, fue muy difícil. Y todavía me cuesta.

He sido educado en una cultura eminentemente heterosexual y, ¡sorpresa! no soy heterosexual. La orientación sexual NO se elige. Dejad de decir “yo respeto que cada uno sea lo que quiera ser pero…” porque no es así. ¿Por qué iba a elegir soltar la mano de mi pareja cuando vamos por la calle y pasamos delante de un grupo de personas? ¿Por qué iba a elegir que cada vez que viajo me recalquen alarmados que la habitación sólo tiene una cama? ¿Por qué iba a elegir que me dijeran en una piscina que me cortase porque había niños delante sólo por mostrarme cariñoso con otro hombre? ¡Ni siquiera nos estábamos besando! ¿Por qué iba a elegir no atreverme a contar que estoy casado a gente con la que trato diariamente? ¿Por qué iba a elegir tener que mirar alrededor para tantear la situación antes de atreverme a robarle un beso a mi marido? No, señores y señoras, yo NO he elegido ser así. Soy así sin más. Nací así sin más y os aseguro que conceptualizar la igualdad como adoctrinamiento lo único que consigue es crear un dolor innecesario que se podría ahorrar fácilmente con educación y visibilidad.

Muchas personas LGTB han sufrido y luchado por nuestro derecho a existir y hoy disfrutamos de los frutos que ellas no pudieron saborear. Y quiero recalcar lo del derecho a existir porque el amor es sólo una manifestación más de la existencia, pero el orgullo no se reduce a una cama, el motivo de esta lucha es el de reivindicar nuestro derecho a existir, día a día, en todos los ámbitos de la sociedad sin sentir miedo ni vergüenza y con las mismas oportunidades que el resto.

Ojalá sigamos avanzando y futuras generaciones puedan mirar atrás y sorprenderse de que hubiera un tiempo en el que ser uno mismo se considerase adoctrinamiento ideológico. Ojalá entendamos a tiempo que un armario sigue siendo un armario por muchos colchones que le metamos dentro.

El progreso y el bienestar de las generaciones que están por venir es nuestra responsabilidad. Y, por supuesto, también el bienestar de los que ya estamos aquí.

No lo olvides.

Sobre espejos y libros de autoayuda

Es importante tomar conciencia del lugar que ocupas en el mundo. Has llegado a ese rincón tras una sucesión de decisiones personales y otras impuestas desde fuera por la sociedad. Probablemente te hayan etiquetado alguna vez, una pegatina con letras grandes que te enmarca en un cliché determinado.

¿La llevas todavía? Probablemente sí porque esas mayúsculas escarlata se graban a fuego. Pero en fin, no le otorgues el poder de una afilada carta astral. Mírala oscilando sobre tu cabeza, afilada y quisquillosa, pero no te acobardes porque no tiene ningún poder sobre ti. Es sólo una etiqueta. Y su único campo de acción sobre tu destino consiste en condicionar todas y cada una de las oportunidades a las que puedes optar. Así como influenciar todas y cada una de las opiniones preconcebidas que se forma el resto del mundo sobre tu persona, incluyendo aquellos encargados de tomar las decisiones que pueden hacerte prosperar. Poca cosa, una minucia. Tan sólo una etiqueta…

A veces reflexiono sobre lo que soy y miro mi reflejo en una ventana de Johari empañada. Me parece distinguir algún letrero en mi frente, pero cuando observo más detenidamente, entre el vaho y las huellas dactilares, aparecen lineas de expresión, poros y otros asuntos dermatológicos que nada tienen que ver con etiquetas. Quizá el destello de un cargamento de ideas enturbia mi visión, pero son imperfecciones que no se arreglan con crema. El espejo no te miente, eres tú el que mira con ojos engañados.

Por lo que quizá debas reflexionar sobre quién eres, qué quieres y dónde estás. Este lugar donde la vida y tú os encontráis y en el que quieres permanecer. ¿O quieres escapar de allí? No lo sé. Pero es tu responsabilidad. Nadie va a cogerte en brazos y llevarte a ese otro sitio. Nadie va a poner vallas y proteger tu sitio. Seguro que hay mucha gente que te quiere. Pero tienen su vida, sus propios problemas, sus propios espejos enturbiados. Tú cuidas de ti mismo. Esmérate y hazlo bien. Lucha, colabora con los demás, busca una sociedad más justa para todos y también para ti.

Si te cierran la puerta, si no te miran a los ojos por mirarte la etiqueta. Si te dicen que no eres suficiente, si vuelves a casa encorvado. Si acabas por creerte todo lo que te han negado, si enciendes la luz pero la oscuridad sigue empapada en tu pupila. Todo eso te ocurre a ti mientras a otros les sucede su propia versión de ese dolor que crees tan único. El tuyo no es más prioritario que el suyo.

¿Qué puedes hacer? Pedir ayuda siempre pero sin olvidar ayudarte a ti mismo. Toma el control sobre tu propio bienestar. Sigue adelante a pesar de los grilletes de un etiquetado ajeno. Sigue esforzándote porque tu felicidad merece la pena. Búscate las habichuelas porque los milagros no existen. Y quien diga que sí es porque quiere venderte un libro de autoayuda.

Sobre repeticiones y derrotas

Tengo la impresión de que siempre escribo sobre lo mismo, de que siempre acuden a mí las mismas estructuras gramaticales, las mismas palabras, el mismo contenido. Y lo maquillo, le añado sinónimos robados y enfoques rebuscados pero siempre es lo mismo. Siempre soy yo quejándome de la falta de tiempo que me impide poder expandirme, crecer, progresar, evolucionar. Ser yo pero explorando los límites de ese concepto. Porque si todo sigue igual, ¿cómo voy a escribir distinto?

Conozco mis pensamientos y mis frases, el armazón y los andamios que sostienen la idea de mi identidad, pero es la mía, mi posición como centro absoluto de mi universo que, sin embargo, no gira a mi alrededor. Yo bailo al son de unos compases de los que no puedo escapar porque las alternativas son erial e incertidumbre. Y aunque los grandes medios audiovisuales no cejen en su empeño de generar contenido esperanzador, cuando uno se hace mayor la esperanza se queda atrapada en el televisor, viva y reluciente, a la espera de que la jornada te vomite exhausto en el sofá para disfrutar de la fantasía enlatada de un mundo en el que los buenos y los malos tienen roles marcados, los finales son felices y los sueños cumplidos sólo dependen de apretar los dientes y escuchar una canción animada. Felices con perdices y horizontes nuevos reflectados en las pupilas. ¡Menuda estafa!

Pero no sé, quizá el tamaño de este planeta es directamente proporcional al tamaño de mi bolsillo y el tiempo sólo existe como moneda de cambio. Un espacio chiquitín para vivir decía el genio de la lámpara, pero lo que no decía era que el alquiler de ese pequeño lugar es exorbitante y se paga a millón de minutos por metro cuadrado. Un mundo tras unos barrotes que no me puedo permitir cruzar. ¿Suena demasiado depresivo? Puede parecer que escribo rodeado de ginebra, barbitúricos y blues pero nunca me he considerado una persona con el ánimo derrotado. Porque se puede ser feliz en la derrota. El capitalismo en un gran juego de mesa y yo soy un peón anodino en un tablero exuberante y hermoso, acepto cuales son las casillas que puedo pisar y no me duele tanto como piensas no poder deslizarme como un alfil hacia los extremos distantes. Sé que no estoy ganando pero, aún así, juro que sonrío con autenticidad porque existen razones para ello y no son pocas. Lo interesante del pensamiento es que una pena no invalida una alegría. Se puede ser feliz aunque recuerdes todo lo que no tienes. Y, por cierto, con tener no me refiero a objetos. Creo que la madurez te golpea de pronto al descubrir que lo más importante del mundo son las experiencias y las personas. Pero ambas requieren que las agujas del reloj sean generosas o, al menos, permisivas.

Pienso que funciono como un robot y que las 24 horas del día voy a tener energía y ganas de ser productivo. Me pongo metas que no voy a cumplir (muchas) y (¡sorpresa!) no las cumplo. Me frustro por ello. El infinito está servido.

La vergüenza de lo que he dejado inconcluso y un papel en blanco juzgándome; como si conmigo mismo no fuera suficiente.

 

Sobre fiestas primaverales y otras multitudes

Hubo un tiempo en que me lo pasaba genial en mitad de ese barullo y en el que ser parte de la primaveral muchedumbre alcoholizada era todo un acontecimiento, un acontecimiento irresistible de hecho. Pero ahora me parece un coñazo supino y me da repelús ver la procesión de bolsas del Mercadona que serpentea hacia el botellódromo.

Me sigue gustando salir de fiesta, así que lo más probable es que el motivo de mi alergia a la fiesta de la primavera no sea por causa de la treintena que me acecha, sino por la veintena (la decena si me apuras) que reina en el 90% de los asistentes. De eso me di cuenta el último año que fui: empecé a mirar a mi alrededor y a ver fauna de guardería ebria. Y yo allí sintiéndome un topo de la policía secreta, como diría una que yo me sé, empecé a dejar de verle encanto al asunto.

Porque claro, la única gracia que tiene estar en el redil es socializar con las ovejas, pero cuando les sacas unos 8-10 años a la media de edad del rebaño, te conviertes en el pastor y reparas en pequeños detalles que antes pasabas por alto, como el olor a orina y vómito, el suelo pegajoso, los cristales rotos y la masa humana desvariando más de la cuenta. Donde antes resonaba un “subidón, subidóóóón”, ahora resuena un “uuuf, quiero irme a casa”.

Por eso, querida Fiesta de la Primavera, estamos mejor separados: yo te aburro, tú me provocas vergüenza ajena y esto no va a llegar a ninguna parte. Fue divertido mientras duró; buena suerte y hasta nunca.


Recupero un texto de hace tiempo. La página donde lo subí ya no existe, ni tampoco existe el botellódromo y juraría que tampoco la fiesta de la primavera (entendida como un botellón masivo). Hoy en día podría escribir algo similar sobre salir de discotecas hasta las tantas y el desagrado que me provocan las salas oscuras, atiborradas de gente emperifollada, la música a todo volumen que te obliga a comunicarte como el camión del tapicero y gastar un pastizal en unos brebajes que te provocan tormento cerebral mañanero. Pero bueno, lo dejo para otro día porque es domingo y el vagueo me reclama.

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