Sobre repeticiones y derrotas

Tengo la impresión de que siempre escribo sobre lo mismo, de que siempre acuden a mí las mismas estructuras gramaticales, las mismas palabras, el mismo contenido. Y lo maquillo, le añado sinónimos robados y enfoques rebuscados pero siempre es lo mismo. Siempre soy yo quejándome de la falta de tiempo que me impide poder expandirme, crecer, progresar, evolucionar. Ser yo pero explorando los límites de ese concepto. Porque si todo sigue igual, ¿cómo voy a escribir distinto?

Conozco mis pensamientos y mis frases, el armazón y los andamios que sostienen la idea de mi identidad, pero es la mía, mi posición como centro absoluto de mi universo que, sin embargo, no gira a mi alrededor. Yo bailo al son de unos compases de los que no puedo escapar porque las alternativas son erial e incertidumbre. Y aunque los grandes medios audiovisuales no cejen en su empeño de generar contenido esperanzador, cuando uno se hace mayor la esperanza se queda atrapada en el televisor, viva y reluciente, a la espera de que la jornada te vomite exhausto en el sofá para disfrutar de la fantasía enlatada de un mundo en el que los buenos y los malos tienen roles marcados, los finales son felices y los sueños cumplidos sólo dependen de apretar los dientes y escuchar una canción animada. Felices con perdices y horizontes nuevos reflectados en las pupilas. ¡Menuda estafa!

Pero no sé, quizá el tamaño de este planeta es directamente proporcional al tamaño de mi bolsillo y el tiempo sólo existe como moneda de cambio. Un espacio chiquitín para vivir decía el genio de la lámpara, pero lo que no decía era que el alquiler de ese pequeño lugar es exorbitante y se paga a millón de minutos por metro cuadrado. Un mundo tras unos barrotes que no me puedo permitir cruzar. ¿Suena demasiado depresivo? Puede parecer que escribo rodeado de ginebra, barbitúricos y blues pero nunca me he considerado una persona con el ánimo derrotado. Porque se puede ser feliz en la derrota. El capitalismo en un gran juego de mesa y yo soy un peón anodino en un tablero exuberante y hermoso, acepto cuales son las casillas que puedo pisar y no me duele tanto como piensas no poder deslizarme como un alfil hacia los extremos distantes. Sé que no estoy ganando pero, aún así, juro que sonrío con autenticidad porque existen razones para ello y no son pocas. Lo interesante del pensamiento es que una pena no invalida una alegría. Se puede ser feliz aunque recuerdes todo lo que no tienes. Y, por cierto, con tener no me refiero a objetos. Creo que la madurez te golpea de pronto al descubrir que lo más importante del mundo son las experiencias y las personas. Pero ambas requieren que las agujas del reloj sean generosas o, al menos, permisivas.

Pienso que funciono como un robot y que las 24 horas del día voy a tener energía y ganas de ser productivo. Me pongo metas que no voy a cumplir (muchas) y (¡sorpresa!) no las cumplo. Me frustro por ello. El infinito está servido.

La vergüenza de lo que he dejado inconcluso y un papel en blanco juzgándome; como si conmigo mismo no fuera suficiente.

 

Anuncios