Sobre nombres conjurados

Las fechas saben conjurar nombres propios. Resuenan en las cavidades craneales y atronan con un sonido familiar. Viajan amplificados por el altavoz de los recuerdos y entonces crees reconocer el timbre de una voz. Una voz que te acunó sin descanso y que jurarías, o desearías, auténtica, fidedigna, prolífica en tonos y cadencias. Un eco del pasado que te acaricia con la calidez del hogar. Pero es solo un eco, una construcción de la memoria.

Juras que no existe fallo en la inflexión de esas palabras; no puede haberlo pues las escuchaste detenidamente tantas y tantas veces. Así que debe ser un reflejo inequívoco, un reflejo perfecto. Una recreación auténtica, casi auténtica, no una precisa falsificación, no un mero espejismo. Agarras con ahínco la idea de que es real, casi real. Retrocediste y recogiste un fruto del lugar donde te criaste. ¿Cómo podría no ser certero?

Pero el tiempo ha pasado y tus oídos han perdido la costumbre. Y admites, aterido y muy, muy, muy solo en ese instante de lucidez que quizá te has equivocado, que quizá reposan en el tintero matices olvidados de esa voz. Ya no puedes estar seguro. Escuchas el eco y sabes que es casi real, casi perfecto. Pero también sabes, y esa es tu única certeza, que casi no es, y nunca será, suficiente.

Sobre siempre luego

Entre el pasado y el futuro habita una enorme prisión llamada presente. Digo prisión por la imposibilidad de existir más allá de sus muros, pero la percepción que cada cual tiene de ese espacio fluctúa. A veces opresivo como una cárcel, otras reconfortante como un paseo a la orilla del mar. El presente es eterno y sus matices, opulentos. Sea como sea, nos encontramos aquí, nos encontramos ahora.

En este devenir de infinitos presentes es fácil quedarse sin energía, perder la motivación. Si no te apetece ahora, escurres el bulto a un futuro manejable, cómodo y repleto de potencial. Ahora no quiero, pero luego seguro que sí. Ahora no puedo, pero luego seguro que sí. Ahora no me restan fuerzas, pero luego seguro que sí. Y, de pronto, luego es (menuda sorpresa) ahora (¿qué otra cosa podría ser?).

Mejor lo dejo para otro luego. No es asesinato si no encuentran el cadáver y, claramente y por supuesto, no voy a quebrar mi entereza, solo voy a postergarla. ¿Ves acaso a lo que prometí sangrando en el suelo con las tripas expuestas? ¿A qué no? No es un fracaso si mi intención existe. Tú no la ves (yo tampoco) pero debe andar por ahí, de parranda en el futuro. La alcanzaré en un rato. Quizá mañana. Probablemente nunca. Siempre luego.

Sobre los restos del naufragio

Siendo yo mismo, viviendo en mi piel, me gustaría afirmar que me conozco a la perfección. Pero a veces no estoy tan seguro porque no sé qué significa eso de ser uno mismo. ¿Qué ser cuando soy tantas cosas? ¿Qué ser cuando existen tantas versiones de mí como personas en mi vida? Tantos matices susurrados en el aire y cada uno me define. Y ninguno lo hace.

No sé si soy lo que he experimentado, si soy lo que tengo, si soy de quien me rodeo, si soy lo que escucho, lo que dicen, lo que me critican, lo que me alaban, lo que me quieren, lo que me odian…

No sé si soy lo que leo, las conversaciones que me dan cuerda, los sabores que me despiertan, las caricias, miradas, sonrisas, el enfado, la rabia, la frustración, la desesperanza, la alegría, la oportunidad, la añoranza, la horizontalidad del sofá y la pantalla, la verticalidad de mis zapatos en la acera, el bullicio o el silencio, la luz, la oscuridad, las sombras…

Todo y nada. Cada fragmento de mi ego amalgamando la efigie de mi identidad. Cada fragmento flotando en las aguas turbulentas del mundo; y yo, todos ellos, una armada de carne y pensamiento; surcando el oleaje y las corrientes del tiempo con un destino tan incierto y, a la vez, tan cierto e inevitable.

Y seguiré sin saber quién soy, buscando mi nombre entre los restos del naufragio. Sin saber quién soy hasta que la mar rugiente devore mis buques insignia, arranque las velas y haga trizas las banderas. Y entonces dejará de importarme.

Sobre verse pronto o quizá no

Pulso «escribir» y regreso a casa. Alejado durante meses, como si hubiera estado en un largo viaje, uno de esos que solo hace la gente con mucho dinero, la gente con muy poco o los personajes de las novelas de aventuras. Pero no me he vuelto rico, ni tampoco más pobre y sigo siendo de carne y hueso, así que solo he vivido fuera de cobertura bloguera.

Mi última entrada versaba sobre el fin del mundo y el fin del mundo sigue en pie. De hecho, además de erguirse, también sabe caminar y se ha dado un paseo por el vecindario. Las bombas continúan lejanas, derribando bosques de edificios cuyo ruido al caer nos llega exclusivamente si los medios deciden que ese sonido es relevante en la parrilla. Pero otros efectos se han materializado y explotan en las facturas, disparando el precio de todo.

Un tsunami de calor, para más inri, ha decidido mudarse aquí. Muy pocos pueden permitirse mantener a raya su tórrido abrazo. Quedase helado es un lujo y sentir bochorno es tendencia inevitable.

Así estamos, así estoy.

No obstante, la vida es un espectáculo de variedades y se suben al escenario más estrellas aparte de Apocalipsis Colapso Global. Y en esta temporada de ausencia han ocurrido pequeñas grandes victorias y grandes pequeñas presencias. Os iré contando si consigo que el regreso a (esta) casa no sea un simulacro en una mañana rara, pero sirviendo spoilers añadiré que a veces, aunque creas que no vales, con dedicación terminas consiguiendo lo que considerabas imposible. Y también que un «miau» inesperado puede hacer que sonría tu corazón.

Nos vemos pronto…o quizá no.

Sobre las teclas del fin del mundo

De nuevo el fin del mundo. No sé cuantos van ya, pero cada nueva adquisición es más cruel que la anterior.

De nuevo sentirse espectador, un mero individuo, un peón insignificante en el retorcido y enorme esquema del orden mundial. Todo se vuelve relativo cuando lees «nuclear» en el periódico. No va a pasar, pero la posibilidad entierra un mar entero en tus pulmones. Te ahogas y lo urgente se desdibuja en la lista de tareas.

Un bucle de actualizar noticias por si aparece el titular deseado, por si consigues esquivar el titular temido.1,2,3, actualice otra vez. El fin del mundo sigue su curso.

Y mientras la macrohistoria se inyecta esteroides a ritmo del juicio final, la vida genera otros titulares, más pequeños, más personales, y que aún así golpean igual de fuerte. Los países colapsan, Occidente se estremece, pero no es el único fin del mundo posible. Cada día miles de historias chocan con un abrupto e injusto desenlace. Desgracias mundanas que nadie subrayará en los libros de texto por llegar, pero que marcan en fluorescente gris el calendario de andar por casa.

Suenan las sirenas en Europa, cristales rotos en el recogedor del siglo XXI. Tanques machacando las pantallas de todos los hogares. Espectadores, sin más, espectadores de momento y ojalá, solo espectadores por siempre. Porque mientras ansiamos que no haya nada más que mirar, mientras deseamos que se agoten estos tiempos interesantes, nuestro reloj sigue girando y nuestra microhistoria continúa, anónima y despiadada.

Cuando un corazón se apaga, enmudecen las sirenas y resuenan los recuerdos. Lo que fue ya nunca será. Sientes frío y certeza de que lo único que importa, en esta Tierra llena de odio, es el afecto que das y el afecto que recibes. Lo único.

Qué pena que quienes pulsan las teclas del fin del mundo lo hayan olvidado.

Sobre patrañas y colorantes

¿Me habré quedado vacío de palabras? O a lo mejor es que ya he dicho todo lo que tenía que decir. Quizá existe un límite de almacenamiento en mi interior y ya he agotado el estocaje. Ahora puedo volver a describir algunas de esas mercancías existenciales que rondan por mi cabeza y que ya compartí por aquí. Es más de lo mismo, pero sin la esencia de la primera vez. Las frases desgastadas siguen siendo frases, pero han perdido las ganas de salir a la palestra. Y sin ganas lo único que muestras son las costuras de una fachada apática. ¿Qué público va a tragarse semejante bodrio?

Puede ser que nos pase igual a las personas con los años: el uso nos deforma y nos aplasta. La esencia sigue ahí pero, al descubrir lo que podemos esperar del mundo, creemos poquito de lo que nos cuentan. Incluso aunque sepamos que no nos están mintiendo, somos conscientes de que no es verdad. Las mentiras siguen siendo falsas incluso aunque las pronuncien labios convencidos. Son falsas desde el momento en que nuestros oídos las niegan. No calan, no penetran, se escurren inertes hacia el suelo. Y en el suelo se quedan.

La felicidad consiste en fingir que la verdad, de alguna manera, sigue siendo posible; ingerir patrañas ignorando el dolor de garganta; lamer el helado y quedarse con su sabor, no con sus colorantes. Porque aunque todo sea un artificio, existe para nuestro disfrute.

La vida es una mentira; que no languidezca el deseo de seguirle la corriente.

Sobre universos en patios de butacas

Camino por la acera cargado de pensamientos y me cruzo con personas que, a su vez, también rebosan de ellos. Pequeñas galaxias egocéntricas que se rozan, incluso se miran, y cuyos campos gravitatorios, solo a veces, traspasan el horizonte de sucesos. Y cuando se da el caso, añado un nuevo satélite, un nuevo planeta, un asteroide, un meteorito, un trozo de roca de mayor o menor tamaño, una nueva pieza que orbita en el universo de mi existencia. Nuevos personajes de esta obra de teatro que protagonizo. Protagonista de la mía y secundario, extra, lo que sea, en la de los demás.

Estamos todos en cartel al mismo tiempo: un grandilocuente espectáculo, repleto de pasarelas que conectan nuestros escenarios, de modo que las apariciones de unos y otros en las tragicomedias ajenas provocan todo tipo de efectos. Un chispazo que prende un telón y llena de humo otro patio de butacas. Así es la vida.

Y así me gusta mirarla, de siempre, desde pequeño. Todavía recuerdo un álbum ilustrado que mostraba la actividad cotidiana de una ciudad a lo largo de un día cualquiera; me pasaba las horas muertas observando a sus habitantes, cada cual afanado en sus asuntos. Mientras pasaba las hojas el tiempo transcurría para esas personitas, la mañana se convertía en tarde y el tráfico, el movimiento y las acciones iban variando a su son. Todo se volvía más tranquilo al caer la noche. Las luces se encendían en las casas y ya fuera de mi vista, pero presente en mi imaginación, la vorágine de historias continuaba. Incluso al cerrar los ojos no se apagaba.

Si alguien mira el mundo desde arriba, digamos, no sé, desde un mirador, un globo, una montaña, nos convertimos en esas personitas de mi libro infantil. Nuestra importancia se relativiza a vista de pájaro. La democracia del plano cenital.

Pequeñas galaxias de carne y hueso, irremediablemente afectadas entre sí. Nuestras lentes lo filtran todo y sentimos que el mundo entero entra en colapso cuando nosotros entramos en colapso. Y supongo que no nos falta razón porque todo lo que experimentamos, aunque vaya más allá, empieza y termina en nosotros. El amor, el dolor, la amistad, el futuro, todo existe en nuestra particular obra de teatro. Cuando se apagan las luces, pasamos como un eco a otros escenarios, a otras conversaciones, pero ya ni nos va ni nos viene. Les va y les viene a otros.

Y todas estas palabras, vistas desde fuera, desde lejos, desde cualquier distancia distinta a mí, caben en una cabecita diminuta, sostenida por un cuerpo que camina por una acera, cargado de pensamientos y chocando, rozando, incluso mirando, a otras cabecitas inmersas en otra narrativa de marca registrada. Universos que son únicos, irrepetibles, inmensos, trascendentales, misteriosos, sorprendentes, milagrosos y, también y sobre todo, total y absolutamente insignificantes.

Sobre monedas de cambio y recipientes colapsados

Tengo el cerebro embotado, pero quería escribir un poco porque acabé la última entrada abogando por el punto y seguido; y el punto y seguido no surge de la nada. Hay que arrastrarlo hacia el ordenador, levantarlo y lanzarlo hacia la pantalla. ¡¡Buuuum!! Habemus signo de puntuación.

Últimamente gasto mucha energía intentando mantener la concentración, así que estoy un poco exhausto, y hasta para quejarse hacen falta fuerzas. Querría contaros algo profundo, algo bonito y bien hilado, pero mi cabeza es un recipiente colapsado.

Luego, lo de quejarse o no quejarse…¿será esa la cuestión? ¿O será, tal vez, descifrar la retahíla de berrinches que puede aguantar un oído ajeno antes de hacer mutis por el foro? Supongo que, como todo, el equilibrio es la clave, pero, ay, ay,ay, vengo cargadito de humo negro y estoy deseando resoplarlo sobre cualquiera que ose pronunciar un «¿Qué tal?» de cortesía.

Mis neuronas supuran algoritmos y ferias del libro, y entre ellos me disipo. Pero todavía asomo la nariz, aún queda un poquito de mí en mí. Me gustaría extraer tiempo del tiempo para participar en mayor medida en otras vidas. Ese es el objetivo, siempre lo ha sido. Es paradójico que me aleje (ahora) para estar más cerca (luego). ¿Habrá un luego? Qué estúpido me sentiría si no.

Por suerte siempre nace algún momento: quedadas en el metro, desayunos, almuerzos, escapadas, mensajes…

No es suficiente, no es lo mismo, pero estoy de reformas estructurales y todo logro, si no eres rico, requiere sacrificio. Me agota que el sudor sea mi única moneda de cambio, pero pienso en todos los sábados de familia y amigos que quiero comprar, y merece la pena.

Mientras tanto…

Lamento marchitar el ahora, no estar más a menudo. Lamento ofreceros las migajas que vomitan mis obligaciones.

Prometo volver. Sí, volveré.

¡Esperadme, malditos!

Sobre pedalear en bicis oxidadas

Es difícil encontrar tiempo, ya lo sabéis, pero creo que es fundamental hacer los malabares necesarios para impedir que se oxide la bici que os lleva a vuestro lugar feliz. No sé cuál será ese rinconcito de vuestra semana en el que os sentís en paz. Siempre existe un espacio, un momento, una persona que se vuelve paréntesis de las frases retorcidas en las que se os engancha el jersey.

A mí me gustan las duchas calentitas, los audios de mis amigos (sí,sí esos vapuleados audios de whatsapp pueden ser un salvavidas inesperado en pleno naufragio del Titanic), leer, escuchar música, caminar, zampar chocolate, volver a este blog.

Dejo aquí pensamientos, los olvido, los encuentro y, sin remedio, escribo una y otra vez en un bucle; un ciclo infinito para intentar revitalizarme, aunque sea a base de expulsar de nuevo las mismas palabras que arrastro en esa bici que trato desesperadamente de mantener en marcha.

Vivimos en un mundo loco atiborrado de noticias desquiciadas y sabor a apocalipsis. Millones de personas y tú, cansado, ilusionado, roto, exultante, destrozado, qué mas da. Estés cómo estés, vistes tus grietas de dorado y sales a la calle, un Kintzugi más de aventura en la selva de hormigón.

Por eso no quiero olvidarme de ti, mi pequeña libreta de pensamientos en línea, y en contra de todo pronóstico, hoy he detenido los minuteros de mi reloj, contrayendo los músculos como Superman, para no dejar siempre al final de la lista aquello que me apetece hacer. Porque me he acostumbrado a apretar los dientes, sudar y romperme la espalda para contentar a otros, para comprar un futuro. Pero no quiero descartar el esfuerzo de contentarme a mí mismo, así que lo dejo todo un instante, dejo de producir, dejo de intentar ser útil, dejo de ser una herramienta.

Vuelvo a ser yo y subo a esa bici oxidada, pedaleo, segundo a segundo, a solas con mi presente. Y me ha traído aquí otra vez.

Escribo, entrego una parte de mí y, a la vez, la recupero.

Ya está. Ahora toca punto y (ojalá) seguido.

Sobre senderos a través del bosque

Creces y abandonas el hogar, sales al bosque.

Oscuridad y resquicios de luz entre la bóveda de árboles. Un sendero que avanza, que no se detiene. Mantienes el paso, te caes y vuelves a iniciar la marcha, siempre contigo mismo, a veces a solas; a veces, si la travesía te sonríe, acompañado.

Sabes que, tarde o temprano, el sendero se cortará abruptamente bajo la suela de tus zapatos. Seguirá, sin embargo, serpenteando eternamente entre la espesura. Pero ya sin ti.

Sientes miedo. Un frío intenso te sube por la espalda: el vértigo de ser engullido entre las hojas. Si nadie encuentra tus huellas en el bosque, ¿exististe realmente?

Gritas tu nombre, tratando de grabar su eco en las cortezas grisáceas. Deslizas trocitos de papel entre tus dedos, caen en la tierra escritos de tu puño y letra. Deseas que germinen, que broten y proyecten una sombra de ti, un refugio para otros caminantes. Ojalá se acurruquen reconfortados y hablen de ti, o al menos reconozcan fugazmente tu existencia. Sería suficiente: destellear una décima de segundo, escapar del vacío un segundo.

Es egoísta aferrarse, temblar ante la aniquilación, abrumado por la Nada. Pero eres humano, hambriento de reconocimiento, ansías la atención y aborreces el olvido. El sendero se desliza veloz y tú, mortalmente lento, inevitablemente lento, luchas por encontrar el ritmo adecuado.

Cuando te sientes derrotado, admites, te consuela mirar el paisaje. Extasiado por su inmensidad y complejidad, tú, aquí y ahora, piensas en todos esos huesos, tendones, carne y átomos devorados tiempo atrás. Rostros anónimos que, sin placas ni estatuas, sirvieron de abono e impactaron la belleza que contemplas. Te vas menos inquieto a dormir creyendo que ninguna vida es baldía. Y si lo fuera, qué vas a hacer tú, qué puedes hacer tú.

En movimiento hasta que el movimiento se desvanezca.

Porque llegará el día, sí.

Pero ahora estás aquí. Camina.

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Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo.

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