Sobre cuentos inconclusos del País Azul II

A la caída de la tarde tuvo lugar una reunión que cambiaría el destino de muchos. Puede que en un principio las intenciones y propósitos que provocaron la toma de esa decisión fueran nobles, incluso justos; sin embargo, un fin puro cuando requiere derramamiento de sangre se tuerce, se escapa del control de quienes lo idearon y convierte en desolación e incertidumbre lo que debería ser progreso y bienestar. ¿Pero cómo ayudar a quienes no te dejan ayudarles? La respuesta a esta pregunta, al menos en este relato, consiste en reunirse a la caída de la tarde. Y eso fue lo que hicieron los cinco hechiceros del País Azul.

El País Azul es una enorme extensión de terreno y en tan vasto territorio muchos desean gobernar. Por eso, desde tiempos remotos hubo guerras y enfrentamientos por el poder y el dominio de unos sobre otros. Después de miles de años de historia se llegó a  un precario equilibrio: cinco reyes se elevaron como dignatarios y el país se dividió en cinco partes, las cuales eran gestionadas y administradas según el deseo de cada uno. La monarquía era renovada con los herederos de cada casa real. Así se mantuvo a lo largo de los años y así ha llegado a nuestros días.


Bien es sabido que un hombre no puede organizar los asuntos de  todo un reino en solitario y por esto se delegaron funciones en otros individuos, que tejían el enramado político del País Azul. Hubo algunos que sobresalieron por su inteligencia y perspicacia; gente destacada que ocupó una destacada posición en los concilios reales. Se les llamó consejeros y todo aquel que gobernaba oía sus opiniones y sutiles advertencias. Ostentaban el poder en la sombra: los reyes hablaban, pero ellos movían sus labios.

Sobre hebras y basura

Como ese jersey de lana que, descuidado, estropeas al enganchar una hebra y te sigue abrigando frente al invierno, a pesar de todo. Pero la gente lo mira y lo señala: no es perfecto, deshazte de él. Si está dañado no debes mostrarlo. Y tú sigues el consejo porque te avergüenza salir “así”, que te vean, que te juzguen.

Lo metes en una bolsa. Desaparece. Te compras uno nuevo, con las hebras correctas, y caminas con calidez y orgullo, a prueba de lenguas y pupilas.

Otras veces, eres tú el deshilachado, pero no es visible. Si no se nota, no lo ven y si no lo ven, no importa. Trasquilones y cicatrices que no pasan la prueba del espejo. Todos estamos un poquito rotos por dentro, pero tenemos más suerte que la ropa: nuestro dolor es transparente (por tanto, aceptable) y no tenemos que exiliarnos en la basura.

Sobre no ser memorable

Hoy tengo la cabeza con la tinta seca. Me he sentado en el sofá con el portátil para escribir un rato, pero no hay nada que decir. Agazapado tras un arbusto, al acecho del crujido de alguna rama del pensamiento. Un leve sonido que me alerte de la presencia de un hilo argumental del que tirar, una presa a la que hincarle las teclas. Pero oye, nada. Mi cerebro ha debido olvidar notificarme que esta mañana tocaba dejar la mente en blanco; y justo yo abriendo la alacena, buscando nutrientes a diestro y siniestro por los hemisferios. Nada.

¿Qué se le va a hacer? Dicen que la inspiración debe pillarte trabajando, y a veces aunque trabajes en algo, simplemente no es tu día y no produces nada interesante. La inspiración mantiene su distancia de seguridad contigo. Así que escribes, cincelas tu ortografía y gramática, y el resultado es una entrada cualquiera, de un lunes de febrero cualquiera que no aporta nada “especial”. ¿Pero qué más da? Estamos obsesionados con producir, con ser eternos, con ser percibidos, por existir en los demás; cuando también es importante disfrutar de nuestra existencia en nosotros mismos, experimentar y sentirnos a gusto con nuestros pequeños fracasos.

Quizá inviertas una hora de tu vida en manchar un lienzo con óleos de colores; quizá el resultado sea una mezcla terrible (o incluso anodina), un pastiche visual que chirría más que emociona. ¿Y qué? El resultado no debería primar siempre sobre el proceso. Se puede disfrutar sin necesidad de “crear”. Tienes derecho a no ser memorable.

Sobre asumir la pobreza temporal

Bueno, siguiendo el espíritu de “voy a escribir lo que sea, aunque sea un mojón, por no perder la costumbre y, quién sabe, de vez en cuando saldrá algo decente”, como esta mañana estoy libre y tengo el portátil abierto, heme aquí. Ahora vais y analizáis sintácticamente la oración anterior,jaja.

Generalmente soy muy aficionado a las agendas y a los propósitos, las interminables listas de objetivos y la ilusión de progresión. ¡Qué felicidad da tachar lo que pudiste cumplir! Pero este año me ha dado mucha pereza plantearme nada y, simplemente, me voy a dejar llevar. Lo único que tengo claro es que voy a intentar pasarme más por aquí y esforzarme por escribir, si no diariamente (hay que ser realista), al menos sí semanalmente. Y es que todos los años me bombardeo con un montón de pequeñas cosas y acabo abrumado (y frustrado) bajo una montaña de obligaciones autoimpuestas. Lo último fue querer aprender italiano…y, buah, creedme que me encantaría, pero no ha podido ser. Admito mi derrota.

La conversión del tiempo en moneda de cambio sigue las mismas reglas que la economía consumista: lo necesitas, sí, pero…¿puedes pagarlo? ¿No? Pues ajo y agua; ahorra o pasa página. Yo, por desgracia, si hablamos de horas, soy un indigente, menesteroso y pordiosero sin esperanza, así que he asumido mi condición y he adaptado mis hábitos de consumo al respecto. Arrivederci, italiano.

¿Vosotros cómo vais de economía temporal? ¿Muchas bajas en vuestra lista de la compra existencial?

Sobre la libertad de estar

La libertad es nuestro bien más preciado. A veces, estratégicamente, renunciamos a ella por protección y seguridad; como campesinos que rinden pleitesía al señor de un castillo para que sus tropas los protejan de los peligros externos. De ese mismo modo, usamos nuestro libre albedrío para salvaguardar nuestra integridad. Lo usamos pero no renunciamos a él.

La libertad implica decidir, decidimos cómo invertimos nuestro tiempo, decidimos con quién. En esa inversión de minutos arraigan las raíces de nuestras relaciones con los demás, pero seguimos siendo libres. Nosotros y las personas a las que dedicamos nuestro tiempo. Es fundamental recalcar que es un motivo de alegría que alguien escoja enfocar su atención en nosotros. El placer de que las agujas del reloj de otra persona apunten en nuestra dirección; igual que en los cuentos, nos convertimos en los elegidos y no hay mayor satisfacción en este mundo.

Pero nunca, nunca, nunca olvides que es un regalo. Y los regalos no se fuerzan a punta de pistola, porque entonces, aunque los abras y contengan un presente, ya no es lo mismo. No reluce, no es especial, no significa nada. Es solo extorsión. Cuando descubras que en los lazos que nos unen a los demás no existen los “deberías” serás menos infeliz. Acaricia los momentos que te ofrecen y regala los tuyos, embriagándote de esa sensación tan plena de saber que, pudiendo estar en cualquier otra parte, han escogido compartir ese instante contigo.

Sobre acumular para el invierno

En la fábula de la hormiga y la cigarra se cuenta cómo una atareada hormiga se afanó en conseguir víveres; mientras, una dicharachera cigarra cantaba bajo el sol de primavera. Si la calidez de la luz recorría su cuerpo, ¿por qué se iba a preocupar ella de la fría y lejana nieve? En ese momento disfrutaba y el futuro le daba igual. Pero cuando el invierno arrolló el paisaje, la cigarra se encontró sin recursos y tocó a la puerta de su previsora vecina. “Pues ahora te jodes”, le dijo la hormiga desde su hogar con chimenea, madera y comida de sobra. La cigarra murió de hipotermia e inanición; la hormiga sobrevivió como Mónica Naranjo y Gloria Gaynor. Un drama clásico que nos invita a responsabilizarnos de las consecuencias de nuestras acciones. Una fábula cuya moraleja glorifica a la hormiga y cuestiona a la cigarra.

Hoy he venido aquí a romper una lanza a favor de la cigarra. Empecemos.

No pretendo cuestionar lo obvio: si no llenas la nevera, no tendrás que comer; si no planchas la ropa, saldrás arrugado; si no trabajas, no habrá dinero en la cuenta para cubrir tus necesidades básicas. La trascendencia de ser hormiga existe. Se esforzó y su recompensa fue sobrevivir en la estación más inhóspita del año. Perfecto. ¡Aclamada sea!

La cigarra, por otra parte, acabó congelándose entre rugidos estomacales y lágrimas heladas surcando su cara. El remordimiento de lo que debió hacer y no hizo; la fría, fría realidad aplastándola como una cornisa de nieve de las que se ven en los telediarios en enero de 2021. ¡Abucheemos a la cigarra! ¡Cigarra mala, cavaste tu propia tumba! Todo eso. Pero…¿es que nadie va a pensar en ella disfrutando de la primavera? Antes de que la sangre se le cristalizara bajo cero, hubo una primavera, un verano y un otoño lleno de dicha reconfortante. De alguna forma, la cigarra tuvo tres estaciones en las que gozó de los placeres de la existencia, mientras que la hormiga las hipotecó para invertir en la seguridad de una cuarta estación aún por llegar.

¿A qué viene todo esto? Me dejo de metáforas y me centro en hechos concretos. Resulta que cuando organizo la estantería o, incluso, los marcadores de Google Chrome me topo con decenas de recursos que, cual hormiga, guardo para luego. Un artículo sobre un tema que me interesa se une a la biblioteca de archivos, un grano de sal que conforma una montaña que no para de crecer. Y lo mismo sucede con los libros: cientos de títulos esperando la época invernal en la que me refugie en la cabaña y los devore, mirando de reojo a la cigarra agonizando desde la ventana.

  • Voy a aprender caligrafía con pincel. Tres libros
  • Voy a aprender gramática y ortografía. Cuatro libros
  • Voy a aprender a utilizar herramientas de diseño gráfico. Dos libros, tres páginas webs en marcadores, dos cursos gratuitos, tres podcasts.
  • Voy a aprender ingles de verdad. Diez manuales, incontables novelas, cientos de series, aplicaciones, páginas webs, canales de Youtube.
  • Voy a mejorar mi forma física. Cinco libros, muchas más aplicaciones, métodos de ejercicio, blogs, entrenadores virtuales, etc.
  • Voy a leer por placer. Cientos de novedades a mi alcance, decenas de títulos, todos.
  • Voy a escribir. Ocho libretas, un bloc de notas en el móvil, tres cursos de escritura creativa, cuatro ensayos, doscientos blogs, trescientos twitteros aconsejando, etc.
  • Voy a…el INFINITO.

Por eso creo, que, sin olvidar lo que el mañana exigirá de mí, debo recordar que lo único que tengo es el día de hoy. Lo único real al menos. Quiero centrarme en algo, experimentarlo, exprimirlo, sacarle el máximo partido sin estar pensando en amontonar más y más recursos. Echar el ancla en el presente y que le den al vaivén de las olas del después. Me gustaría dejar de dar por hecho que tendré un enero futuro en el que atiborrarme de todas las provisiones que he acumulado con optimismo. Dejar de prever y comenzar, de una vez por todas, a ver.

En definitiva, encontrar el equilibrio entre la hormiga y la cigarra. Reconocer que el sentido común es el mejor de los sentidos; y asimilar que no debería ser tan difícil seguir sus dictados. Protegerme del frío que llegará, pero sin olvidarme de sentir la brisa cálida que me acaricia hoy.

Sobre comenzar con realismo

Primera entrada de 2021. Ahora mismo estoy un poco en suspensión, esperando que termine la campaña de Navidad para activar el modo “año nuevo, vida nueva”. He pospuesto pensar en los típicos propósitos, aunque la verdad es que no se me ocurre ninguno nuevo, así que reutilizaré los de siempre, que para algo llevan décadas propagándose en el vacío. Un eco de mi yo del futuro, gritando por una actualización de su sistema operativo.

Creo que voy a apostar por la simplificación y seguiré los consejos del refranero popular: no abarcaré por miedo a no ser capaz de apretar. Seré realista con el tiempo y la energía. Me imaginaré una barra de vitalidad levitando sobre mi coronilla, cual personaje de videojuego; me veré a mi mismo con una mochila cosida de minutos en la que solo podré cargar lo que permita su capacidad.

Precisamente por eso (ya que la práctica consigue que las cosas requieran menos esfuerzo) he querido escribir esta chorrada. En 2021 me gustaría seguir escribiendo; escribir más y escribir mejor. No se me ocurre otra manera de hacerlo que dándole al gerundio, incluso en pleno ojo del huracán de Reyes.

Sin tiempo, pero con ganas, os deseo cosas bonitas. ¡Gracias por leerme!:)

Sobre duchas y bailes

Una ducha de agua caliente como botón de reinicio. Todo puede volver a empezar; no desde cero, pero sí como si no fuera tan importante.

Suena una canción y la bailo en toalla por el pasillo, como si nadie mirase, como si nadie juzgase lo patoso de mis pasos. Sentirme en septiembre y enero; desechar expectativas y aprender a dejarme llevar.

Soy lo que soy y mi potencial de crecimiento. Los demás, igual. Y Oscar Wilde no vino al mundo a inmortalizar su sabiduría en azucarillos, para que yo venga ahora a compararme con gente perfecta; venir ahora a obviar que solo puedo ser yo mismo porque todos los demás puestos están ocupados. Quizá sea mejor romper el espejito mágico y no idolatrar otros reflejos, no mimetizar movimientos que no son espontáneos en mí. Una replica de sal al sol; la peor versión posible porque ni siquiera es genuina, ni siquiera habla de mí.

Me meto en la ducha, escucho esa lista que me gusta tanto y recuerdo que soy todo lo que soy y todo lo que seré. Nada más.

Gotas de lava relajan mis hombros y el peso del mundo se desvanece. Mañana será otro día: otra oportunidad para desmontar la coreografía.

Sobre la llegada de diciembre

Hora de escribir cualquier cosa y, de ese modo, no olvidar la cadencia de mis dedos en el teclado. Un sonido cada vez menos cotidiano, al menos en lo referido al puro placer de dar forma a mis ideas. Para asuntos más prosaicos la orquesta no ha dejado de tocar.

En unos días comienza el último mes del 2020, cumpliré años y se escuchará el pistoletazo de salida de las fiestas de navidad más inciertas que recuerdo. En un pestañeo estaremos envidiando a desconocidos que descorchan botellas de champán en las noticias, atiborrándonos de uvas y brindando por salud, dinero y amor. Salud para seguir vivos, dinero para disfrutarlo y amor para compartirlo. Parece sencillo y, sin embargo, se ha convertido en todo un privilegio.

Habrá que esperar al repiqueteo de las campanas. ¿Feliz 2021? Es algo que está por ver. De momento, centrémonos en proteger de la ventisca al frágil diciembre que asoma por la puerta. Y después, la vida dirá.

Sobre leer autoras en octubre

En 2016 surgió la iniciativa #LeoAutorasOct para dar visibilidad a escritoras. Meditando sobre ello descubrí que era cierto que generalmente leía a más hombres que mujeres y, para tratar de equilibrar la balanza, me uní al movimiento y cada octubre las autoras monopolizan mis lecturas. Desde entonces he grabado en tinta nombres como Robin Hobb, Sarah Pinborough, Victoria Schwab o Lois McMaster Bujold. Si seccionas mi tronco literario verás anillos marcados con sus obras. Y todas tienen en común, además de apellidos difíciles de deletrear, la capacidad de crear vida con las palabras.

Tengo una asignatura pendiente con las autoras que escriben en español, especialmente autoras de género, porque quitando a Laura Gallego y a Gabriella Campbell creo que toda la fantasía-ciencia ficción-terror que he leído en mi vida, o bien la han escrito hombres o mujeres del mundo anglosajón (o traducidas al inglés). Pero bueno, esa será otra historia y será contada en otro #LeoAutorasOct o antes en #LeoAutoras; porque existen otros once meses maravillosos para ampliar horizontes literarios.

No me enrollo más y os dejo con las tres autoras que me han acompañado en esta edición: Claudia Gray, V.V. James y Mariana Enríquez.

Master&Apprentice de Claudia Gray

Claudia Gray ha consolidado mi amor por Star Wars. Lo que empezó como una coqueteo casual por la saga galáctica más famosa de todos los tiempos, se transformó en una atracción más intensa gracias a la serie de animación Clone Wars. Me había convertido en presa fácil del universo extendido. Primero fueron los cómics y la chispa se volvió llama y ahora que, gracias al #LeoAutorasOct, he leído mi primera novela de Star Wars confirmamos: ¡esto es amor! Y mi madrina literaria ha sido Claudia Gray con su Master & Apprentice.

Estamos ante una novela que, una vez que asimilas quién en quién, dónde está y qué está haciendo, funciona como un mecanismo muy bien engrasado. Obi-Wan Kenobi, Qui-Gon Jinn, un par de contrabandistas y flashbacks (¿analepsis lo utiliza alguien?) del carismático Conde Dooku, que fue el maestro de Qui-Gon, protagonizan esta novela de aventuras con un toque de misterio. También aparece un jedi que no conocía, Rael Averros, antiguo compañero de padawanismo condedookuero junto a Qui-Gon, Fanry, la reina del planeta Pijal, profecías, una gran corporación capitalista y una crisis diplomática. Todo esto transcurre en una república galáctica en la que el malvado Palpatine todavía está maquinando su entrada en escena. Un rompecabezas impecable e ideal para cualquiera que quiera iniciarse en el mastodóntico lore de Star Wars.

He disfrutado tanto Master&Apprentice que ya tengo otra de las novelas de Claudia Gray en la pila de lectura. Se trata de Lost Stars, una historia de amor en la época en la que Palpatine dominaba el cotarro (sus maquinaciones habían funcionado gracias a la torpeza máxima del Consejo Jedi). Estoy deseando empezarla porque la evasión galáctica me ayuda a conciliar el sueño en este 2020 tan pesadillesco.

Sanctuary de V.V James

“Adictivo” es un adjetivo muy cliché en el mundo de las reseñas, un adjetivo que campa a sus anchas por las fajas editoriales y que junto a “trepidante” y otros del estilo ya no me sugestiona a comprar. Y en la portada de Sanctuary de V.V. James aparece en letras grandes: ADICTIVE. a pesar de todo me lo acabé pillando porque soy débil y decían que era una mezcla entre Jóvenes y brujas, Prácticamente magia y Big little lies. Y he de decir que…¡me lo he pasado genial! Es muy fácil de leer y engancha más que la cafeína.
Un pueblo (aparentemente) idílico en una realidad en la que la brujería existe y está regulada por la ley. Allí en Sanctuary vive Sarah, una bruja propietaria de una tienda de hechicería, con su hija y su pandilla que, resulta, es también su aquelarre. Los aquelarres están compuestos por una bruja y amigas sin poderes (muggles) que prestan su energía vital para que los rituales y conjuros más elaborados surtan efecto. Hasta ahí todas felices y exitosas. Pero claro, algo tiene que pasar y en una fiesta de instituto, a la que han asistido los hijos del aquelarre, la desgracia, una muerte y un incendio acaban con la armonía cósmica en ese (aparentemente) adorable pueblo. Una investigadora de la policía es la encargada de desliar la madeja culebroniana de secretos y magia.

V.V. James despliega los elementos típicos de las novelas adictivas: capítulos cortitos, contados en primera persona por personajes diferentes, que terminan en suspense para que la intriga te haga avanzar. En definitiva, Sanctuary es una novela llena de drama adolescente (y adulto pero contado como drama adolescente) y con unas pinceladas interesantes sobre lo estúpidos que podemos ser cuando actuamos como una masa en lugar de como individuos. Su mayor virtud es lo mucho que apetece leerlo (¡es drogaaa!), y siendo un libro, pues oye, objetivo cumplido. Su mayor defecto para mi gusto ha sido un personaje antagónico cuyos comportamientos no he acabado de entender (por contradictorios) y que su prosa-trama funciona como un hechizo que atrapa toda tu atención y, sin embargo, una vez terminada la novela se disipa sin más. No deja poso. Recomendable pero no memorable

Las cosas que perdimos en el fuego de Mariana Enríquez

Este año he empezado a saldar mi deuda con la literatura de género escrita en español. La elegida ha sido Mariana Enríquez y oye, todo un acierto y un inicio prometedor en ese #LeoAutoras sin explorar.

El terror de Las cosas que perdimos en el fuego lo conforman relatos que remueven las entrañas. Locura, violencia, pobreza, muerte y peligro envueltos en una capa de cotidianeidad. Una inquietud mayor a la que se siente leyendo sobre un exorcismo demoniaco o una invasión zombi. Porque esto parece real, podría pasar o, casi todo, quizá ya ha sucedido. Un crimen sin resolver, una persona desaparecida, precipitarse al pozo de la demencia, la inseguridad de volver a casa cuando es de noche en la ciudad. Estar en el lugar equivocado en el momento equivocado; una persona cualquiera. Incluso tú.
Además, está escrito en español argentino y me gustado la frescura de palabras y expresiones a las que no estoy acostumbrado. Volveré a leer a Mariana Enríquez.