Sobre pedalear en bicis oxidadas

Es difícil encontrar tiempo, ya lo sabéis, pero creo que es fundamental hacer los malabares necesarios para impedir que se oxide la bici que os lleva a vuestro lugar feliz. No sé cuál será ese rinconcito de vuestra semana en el que os sentís en paz. Siempre existe un espacio, un momento, una persona que se vuelve paréntesis de las frases retorcidas en las que se os engancha el jersey.

A mí me gustan las duchas calentitas, los audios de mis amigos (sí,sí esos vapuleados audios de whatsapp pueden ser un salvavidas inesperado en pleno naufragio del Titanic), leer, escuchar música, caminar, zampar chocolate, volver a este blog.

Dejo aquí pensamientos, los olvido, los encuentro y, sin remedio, escribo una y otra vez en un bucle; un ciclo infinito para intentar revitalizarme, aunque sea a base de expulsar de nuevo las mismas palabras que arrastro en esa bici que trato desesperadamente de mantener en marcha.

Vivimos en un mundo loco atiborrado de noticias desquiciadas y sabor a apocalipsis. Millones de personas y tú, cansado, ilusionado, roto, exultante, destrozado, qué mas da. Estés cómo estés, vistes tus grietas de dorado y sales a la calle, un Kintzugi más de aventura en la selva de hormigón.

Por eso no quiero olvidarme de ti, mi pequeña libreta de pensamientos en línea, y en contra de todo pronóstico, hoy he detenido los minuteros de mi reloj, contrayendo los músculos como Superman, para no dejar siempre al final de la lista aquello que me apetece hacer. Porque me he acostumbrado a apretar los dientes, sudar y romperme la espalda para contentar a otros, para comprar un futuro. Pero no quiero descartar el esfuerzo de contentarme a mí mismo, así que lo dejo todo un instante, dejo de producir, dejo de intentar ser útil, dejo de ser una herramienta.

Vuelvo a ser yo y subo a esa bici oxidada, pedaleo, segundo a segundo, a solas con mi presente. Y me ha traído aquí otra vez.

Escribo, entrego una parte de mí y, a la vez, la recupero.

Ya está. Ahora toca punto y (ojalá) seguido.

Sobre senderos a través del bosque

Creces y abandonas el hogar, sales al bosque.

Oscuridad y resquicios de luz entre la bóveda de árboles. Un sendero que avanza, que no se detiene. Mantienes el paso, te caes y vuelves a iniciar la marcha, siempre contigo mismo, a veces a solas; a veces, si la travesía te sonríe, acompañado.

Sabes que, tarde o temprano, el sendero se cortará abruptamente bajo la suela de tus zapatos. Seguirá, sin embargo, serpenteando eternamente entre la espesura. Pero ya sin ti.

Sientes miedo. Un frío intenso te sube por la espalda: el vértigo de ser engullido entre las hojas. Si nadie encuentra tus huellas en el bosque, ¿exististe realmente?

Gritas tu nombre, tratando de grabar su eco en las cortezas grisáceas. Deslizas trocitos de papel entre tus dedos, caen en la tierra escritos de tu puño y letra. Deseas que germinen, que broten y proyecten una sombra de ti, un refugio para otros caminantes. Ojalá se acurruquen reconfortados y hablen de ti, o al menos reconozcan fugazmente tu existencia. Sería suficiente: destellear una décima de segundo, escapar del vacío un segundo.

Es egoísta aferrarse, temblar ante la aniquilación, abrumado por la Nada. Pero eres humano, hambriento de reconocimiento, ansías la atención y aborreces el olvido. El sendero se desliza veloz y tú, mortalmente lento, inevitablemente lento, luchas por encontrar el ritmo adecuado.

Cuando te sientes derrotado, admites, te consuela mirar el paisaje. Extasiado por su inmensidad y complejidad, tú, aquí y ahora, piensas en todos esos huesos, tendones, carne y átomos devorados tiempo atrás. Rostros anónimos que, sin placas ni estatuas, sirvieron de abono e impactaron la belleza que contemplas. Te vas menos inquieto a dormir creyendo que ninguna vida es baldía. Y si lo fuera, qué vas a hacer tú, qué puedes hacer tú.

En movimiento hasta que el movimiento se desvanezca.

Porque llegará el día, sí.

Pero ahora estás aquí. Camina.

Sobre septiembre en la cuerda floja

Me gusta septiembre porque camina por la cuerda floja de las nuevas oportunidades.

Tensamos a sus pies los proyectos de los que nos creemos dueños y los atamos, de extremo a extremo, entre expectativa y realidad. Nos sentamos a ver el espectáculo y, de algún modo, la sensación de déjà vu es abrumadora. “Esta película ya la he visto, ¿verdad?” es tu compañero de butaca y, junto a “Me suena que acaba fatal”, se empeñan en amargarte el visionado. Lo peor es admitir que seguramente lleven razón, reconocer que septiembre es muy dado a fatigarse, tambalearse y precipitarse al abismo. Pero sigues ahí: mirando sin parpadear, con esperanza, hundiendo los dedos en el reposabrazos.

La única manera de averiguarlo es continuar con los ojos abiertos.

Aguantas la respiración y, quién sabe, quizá esta vez sí.

Sobre palabras que no existen

De pronto es 16 de agosto. Durante este tiempo he pensado muchas cosas y escrito pocas. Bueno, para qué mentir: escrito ninguna. Al menos ninguna ligada a mis palabras internas. Sí que ha habido garabatos: nombres, pedidos, deberes, cifras, misiones y números de teléfono; pero digamos que no he atendido mis propias llamadas de línea terrestre. Las olas de calor y la falta de tiempo seccionaron el cable que une el eje corazón-cerebro con mis dedos, y no ha habido forma de recuperar todo lo que bullía dentro. Porque cuando brota en tu cabeza ese hilo del que tirar, si no lo recortas minuciosamente y lo clavas en una libreta, que sepas que no vas a recordarlo a la mañana siguiente. Y será como si nunca hubiese existido.

Sobre el asesinato de Samuel

El asesinato de Samuel Luiz sigue dando vueltas por mi cabeza. Me enteré poco después de que sucediera, porque estaba de vacaciones, desconectado del mundo y desde entonces no hay día que no piense en ello. Hace tiempo escribí una reflexión sobre lo que implicó para mí salir del armario y es desesperanzador sentir en la médula que las cosas están empeorando, que ese miedo sigue y seguirá existiendo; que el paso de vivir tu vida como eres te puede conducir de bruces a un odio que quiebra los huesos. Un millón de sueños machacados a patadas al grito de “maricón de mierda”.

Siento frustración, desamparo, ira y, sobre todo, un gran desconcierto por la capacidad de algunos “seres humanos” para amargar la existencia a los demás. Destrozar vidas, literal y metafóricamente, mientras colocan la etiqueta de “lobby” a las minorías que claman por la dignidad que se les niega. Leo comentarios y noticias y me flaquean las fuerzas, me enredo en un futuro espinoso y lóbrego.

Pero también, una pequeña parte de mí se revuelve y se pone en pie. Si me amilano, ya han ganado. Dar un paso atrás es descartar el esfuerzo de millones de personas que dieron un paso adelante en el pasado. Gracias a esa gente pude ser yo, pude besar, pude expresarme, pude casarme. Y me da rabia y pavor sentir que cada una de esas cosas se las han arrebatado a Samuel.

No hay más opción que la de continuar la lucha por nuestro derecho a existir. La sociedad está infectada de odio, pero hay más gente buena que mezquina; gente que entiende que la educación no es adoctrinamiento, que los derechos humanos no son ideología, y estoy convencido de que si aunamos fuerzas, podremos construir un país mejor. Un país en el que a nadie le despojen de su orgullo a golpes.

Sobre hechizos, chispas y destellos

Si se quebrara el hechizo que nos mantiene herméticos, si nos derramásemos como tinta en un papel, ¿formaríamos una mancha legible para cualquiera? ¿O seríamos como coágulos de Rorschach, que cada cual entendería a su manera? Dudo mucho que nadie consiguiera la interpretación exacta e inequívoca, ni aún así. Ni aún abierta de par en par nuestra esencia, expuesta en volutas de pensamiento descarnado. Ni aún así.

El otro día empecé a escribir el texto de arriba y lo dejé guardado en borradores. Era un poco más largo entonces. Cuando volví a meterme en el blog lo recuperé y borré casi todo. Cambié el enfoque totalmente. No me apetecía contar lo que estaba contando, sino todo lo contrario. Deseché la cruz y me quedé con la cara. Luego, ¡sorpresa!, iba justo de tiempo y no pude terminar la entrada. Y ahora, días después, estoy sentado en el sofá con el portátil apoyado en mi regazo y ya ni cara ni cruz. La moneda ha dado tantas vueltas que ha acabado colándose por un desagüe. La chispa de la idea que prendió el párrafo inicial se vistió con un chubasquero amarillo, salió a la calle en mitad de un tormentón y, persiguiendo un barquito de papel, acabó engullida por un payaso superventas.

Cuando un destello te pide bailar hay que decir que sí al instante porque no sabes cuanto va a durar la canción. Puede que la pongan otra vez, pero las canciones, como Heráclito contemplando un río, aunque las escuchen los mismos oídos, nunca las baila el mismo bailarín.

Así que hoy sin más pulso “publicar”. Deprisa porque la chispa se está cansando de esperar. Deprisa porque su canción está a punto de acabar.

Sobre escoger un libro

Me gusta terminar un libro y pensar detenidamente cuál va a ser el siguiente. Esa sensación de que todo es posible, ese cosquilleo de incertidumbre y expectación. ¿Qué viviré ahora? Rozar con los dedos las encuadernaciones en mi estantería, mirar los detalles de la cubierta buscando la señal apropiada para empezar el viaje. Como cuando te gusta alguien y esperas esa chispa de bienvenida en sus pupilas; conteniendo el aliento antes de aproximar tus labios a los suyos. Un corazón que late con valentía para recorrer los milímetros que lo separan de una narrativa totalmente distinta.

Hay emoción dentro de la posibilidad. Seleccionar la próxima lectura es negar todas las demás, porque incluso leyendo varios libros a la vez, cuando te centras en uno, tu vista y tu tiempo le dan exclusividad. Y ese es parte de su encanto; por eso me lo tomo muy en serio. Un ritual de géneros, títulos y número de páginas que me revitaliza. Poder escoger, aún equivocándome, el cuento que quiero ahora. La idea de decidir, de tener el control. Eso es felicidad. La vida debería ser, más a menudo, como escoger un libro.

Sobre helados y canciones inesperadas

Ayer escuché a una mujer cantando en la calle. Cantaba sola, sin coros ni instrumentos; su voz se deslizaba entre los muros de piedra de una vieja iglesia. La acústica era idónea en esa calle empedrada de gris.

Mientras pasaba a su lado la miré y me dio la sensación de que no estaba allí. Sus cuerdas vocales emitían un sonido que no parecía importarle, como si no lo escuchase siquiera, como si sus propias notas no pudieran tocarla. Ajena a todo, tejía su melodía y generaba una atmósfera etérea que luchaba contra el calor de mayo.

Al dejarla atrás, desapareció de mi vista pero mis oídos, igual que los relieves de aquel edificio, seguían cargados de su sonoridad. Y en una esquina resguardada del sol, una pareja entrelazada comía un helado y sonreía, embrujada por el momento. Me gustó verlos tan felices, me gustó pensar en lo especial de los instantes únicos. Todas las decisiones acertadas y equivocadas que les llevaron de una heladería a una calle poco transitada. Me dio por pensar que la vida invita a pausas que enderezan los caminos torcidos. Una día quizá el reflejo de la tarde en tus gafas oscuras oculte el brillo de una canción, inesperadamente, compuesta para ti.

Sobre networking y agricultura

El instinto de supervivencia se impone. Por algo es instintivo, ¿no? Las personas queremos sobrevivir en este intrincado mundo y no podemos hacerlo por nuestra cuenta. Necesitamos a los demás. De alguna forma amar nos hace más aptos para combatir en esta jungla llamada Tierra. Me encanta esa sensación de camaradería, esa fraternidad que está ahí para lo blanco, lo gris y lo negro. Pero el juego ha mutado. Le dieron de comer TikTok después de las 00:00 h, lo tiraron a una piscina de Instagram y lo expusieron bajo la luz de Twitter. ¡Notificación! Las relaciones sociales han sido actualizadas.

Las nuevas adquisiciones no me fascinan tanto. Esa amistad-LinkedIn o, peor todavía, la amistad-follower, básicamente porque me dan pereza y le quitan tiempo a la amistad-amistad. Parece que la avalancha digital ha sepultado a las personas y ha dejado más vivos que nunca a sus avatares. Y los avatares no necesitan tomar café contigo, necesitan un networking con leche de avena, necesitan engrosar su valía virtual con un usuario más. La marca personal ahora cotiza en bolsa. ¿Cuántos “amigos” hacen falta para coronar a un influencer?

Crear vínculos como medio, no como fin. Hacerlo rápido, hacerlo estratégicamente, pulir el perfil para encajar en el molde del siglo XXI. Sonreír no ante un grupo de amigos, sino ante una audiencia. El retorno de la inversión, el saldo favorable, el trabajo bien hecho. Vivir en un reality y construir suficientes alianzas para que se acuerden de ti en el próximo #reencuentro.

A veces pienso que me he escapado del libro equivocado en el momento equivocado, a veces pienso que me gustaría desenchufar la fibra óptica e irme a vivir a una cabaña con huerto. Pero no sé nada de agricultura. Una pena, ¿verdad?

Sobre collages y huracanes

El huracán se posa sobre el cerebro y, en un destello, remueve los estantes y vuelca su contenido. Fotos y anotaciones huyen de un cajón a otro, mostrándose en el camino.

Estampidas de susurros y conexiones que salen a la luz. Los recuerdos se lanzan en tirolinas con brillo navideño. Suena un estribillo diferente con cada sacudida y los dedos del viento barren entre líneas de nombres y apellidos de instituto. Desempolvan sus sonrisas y las clavan de nuevo en el corcho, a la altura de mis ojos. Sonrío yo también a juego con ellas.

Lodos arrastra el aroma de los años que se fueron. Es imposible captar los matices de cada fragancia, pero me transportan a sus centros de origen. Mi nariz se alarga y se expande guiada por moléculas volátiles. Viaja en fracciones de segundo; cápsulas de ámbar que conservan una noche de verano en aquella piscina, ahora vacía, pero rebosante y refrescante entonces. Mi propio Parque Jurásico se activa de pronto, estímulos repentinos, reacciones en cadena. La vida, sin duda, se abre paso. Ruge extasiada por los engranajes que la mantienen en marcha. Personas que fueron y personas que son juntan sus manos para darle cuerda. Y aunque quizá haya olvidado los detalles, la esencia no se ha perdido. Sigue agazapada en mí, dispuesta a resurgir en el momento más inesperado. Piezas de un collage que danzan al ritmo del huracán.