Sobre siete pequeñas acciones que te harán (más) feliz

¿Te gustaría ser un poquito más feliz? Si la respuesta es afirmativa, sigue leyendo porque aquí van unas cuantas prácticas eficaces para mejorar tu estado general de felicidad.

¡Comer chocolate, leer un buen libro y no madrugar!

Bueno. Eso lo he sacado yo de mi cosecha y no está avalado por ningún estudio científico, ¿o sí? Pero hace poco estuve haciendo un curso de la universidad de Yale llamado “The Science of Well-Being”  en el que te explicaban muchas cosillas interesantes sobre la felicidad. Y además de impartir contenido teórico mandaban deberes semanales, cuya finalidad era mejorar tu sensación de bienestar psicológico. ¿Te apetece probar?

Si te va el empirismo, lo ideal sería que hagas un test inicial para ver cómo de feliz te sientes ahora y contrastarlo con tus resultados una vez completes los siete pasos. Todo un antes-después en la teletienda de tu corazón contento (y lleno de alegría).

Pues sin más dilación, estos son los pequeños pasos que te guiarán a una vida más feliz.

Experimenta con los cinco sentidos

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Photo by okeykat on Unsplash

He aquí el famoso mindfulness (atención plena). Volvamos a lo que decía al principio del post sobre comer chocolate y leer un buen libro. ¿Cuándo ha sido la última vez que te has puesto a leer sin tener el móvil a mano? Y casi que también me atrevería a preguntar, ¿cuándo ha sido la última vez que te has puesto a comer sin estar pendiente de él? Esta tarea consiste en buscar un ratito cada día para hacer lo que sea que te apetezca hacer pero (tratando) de estar presente al 100%.

Agradeciendo que es gerundio

Utiliza un diario de gratitud. Cada noche antes de acostarte o en cualquier momento del día que te venga mejor, dedica unos minutos a escribir algo por lo que sientes agradecimiento. ¿Cómo qué? ¿No se te ocurre nada? ¡Precisamente esa es la utilidad del diario! No tienen que ser grandes momentos de felicidad suprema; un día es una sucesión de situaciones, algunas buenas, otras regulares y otras terribles. Pero lo negativo pesa tanto que borra de nuestra mente los instantes positivos. Por eso, usando un diario te lo tomarás como un juego y te esforzarás en encontrarlos. Y haberlos, hailos, aunque sean cosas nimias.

¿Dónde anotarlo? En una libreta, una servilleta, un bloc de notas, un blog, un post-it, etc. Yo utilizo la app Presently porque la tengo en el móvil y me pilla muy a mano. Además, puedes configurar las opciones para activar recordatorios.

Básicamente suelo anotar cosas tipo “el estofado estaba riquísimo” o alguna interacción social interesante. Por suerte, al trabajar de cara al público hablo con mucha gente diferente, me cuentan un poquito de sus vidas y esas anécdotas, además de romper la rutina de los días clónicos, me hacen sentirme afortunado. Y agradecido:)

El diario de gratitud es una tarea relativamente sencilla. ¿Quieres más intensidad? Atrévete con la visita de gratitud. Yo esto no lo he probado todavía y no sé si lo haré porque a mí estas cosas me dan un poco de vergüenza y acabaría tartamudeando, rojo y mirando al suelo. La idea es pensar en alguien que haya tenido un impacto positivo en tu vida, alguien que te haya ayudado de verdad.  Escribe una carta para esa persona explicando cómo te sientes y dándole las gracias por haberte tendido la mano en ese momento complicado, sea el que sea. ¿Y bien? ¿Termina ahí? ¡No! Se llama “visita de gratitud” así que falta un detallito…¡Queda con esa persona y lee la carta en voz alta para ella! En el curso aseguraban que es una experiencia maravillosa…

Haz el bien y no mires a quién

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Photo by Austin Kehmeier on Unsplash

Pórtate bien con el prójimo. Dona a una buena causa. Hazle un favor a alguien sin esperar nada a cambio. Cede tu asiento en el autobús. Sé buena gente, saca tu Hufflepuff interior. Se supone que la bondad te hará sonreír más y mejor. Y para asegurarte de que estás siendo un ejemplo de civismo y filantropía apunta en una libreta tus actos de buena voluntad. Truco: puedes usar el mismo método de registro que usas en tu diario de gratitud y así matas dos pájaros de un tiro.

Socializa más y mejor

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Photo by Matheus Ferrero on Unsplash

Esto es bastante evidente. Los buenos amigos son la sal de la vida y mantienen tu cordura en niveles óptimos. Las alegría se disfrutan más en compañía (y las penas ahogan menos). ¿Pero estás cuidando de tu círculo social? Es difícil mantener la pelota de la amistad girando en los malabares de la vida capitalista: horarios imposibles, obligaciones, cansancio, distancia geográfica, etc. Sea como sea, si quieres cultivar tu felicidad, has de cultivar también la felicidad ajena; y a todos nos gusta saber que nuestra existencia no pasa desapercibida. ¡Manda mensajes! Interésate por los demás, queda con los demás, tómate un café con los demás y escucha para variar. Refuerza tus conexiones sociales y estas te reforzarán a ti.

Acelera tu corazón

30 minutos en movimiento te pondrán de mejor humor. Andar, bailar, correr, saltar, yoga, natación, etc. Cualquier cosa que te active y te despegue de la silla servirá; incluso bajarte tres paradas antes del autobús y llegar a tu destino a pie contaría como activación.  Los beneficios del ejercicio físico sobre el estado anímico están más que probados, así que no hay nada más que añadir, excepto que sonreír y sudar, todo es empezar.

Curas de sueño para la felicidad

La falta de sueño tiene un montón de daños colaterales además de cansancio y mal humor. Si durante la semana te mantienes en pie gracias a chutes de cafeína, necesitas sacrificar tu ratito viendo Netflix, irte antes a la cama y dormir las horas que te mereces.

En los deberes del curso te pedían que durante una semana, al menos cuatro días, hicieras lo posible por dormir siete horas. Recomendaban no tomar estimulantes los días de “cura de sueño” y dejar de lado las pantallas (tabletas, móvil, televisión, ordenador, Tamagochis, etc) antes de acostarse.

Descubre tus puntos fuertes y..¡úsalos!

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Photo by Joshua Golde on Unsplash

En el enlace de arriba puedes acceder a un test de personalidad que, con una duración de 15 minutos, analiza tus fortalezas y las ordena de las más presentes a las menos. Hay 24 tipos de puntos fuertes diferentes que configuran tu forma de ser, disfrutar, actuar e interactuar. Una vez sepas los tuyos, la actividad consiste en seleccionar los tres primeros y ponerlos en práctica durante una semana de forma consciente. Por ejemplo, si tu característica principal es la curiosidad, durante siete días aprende algo nuevo, etc.


Y estos serían los siete pasos a una vida más feliz. La idea es centrarse cada semana en uno de ellos, buscar el momento de tu rutina en el que encajan mejor, experimentar y anotar las sensaciones que vas teniendo. 

De todos modos, me gustaría añadir que la felicidad no es el estado por defecto del ser humano y sería ridículo pretender ser dichosos las 24 horas del día. Además, también hay que encontrar el equilibrio y la responsabilidad compartida entre el mundo exterior y tú. Porque si tus circunstancias laborales, familiares o de salud son una ruina absoluta, habría que intervenir ahí directamente y no frustrarte porque no estás consiguiendo sonreir. Ser feliz depende de ti, claro, pero también de tu entorno y de tus gobernantes. Sin unas condiciones mínimas de calidad de vida, que no te vengan con tazas de Mr Wonderful sobre buscar el arcoíris en los días de lluvia. Y es que ya lo decía Ortega y Gasset:

yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo.

 

 

Sobre empezando que es gerundio

Iba a hacer un análisis del 2019 pero luego he pensado que está de más. No hace falta hablar de un año que se ha quedado conmigo. Los bordes y espacios de las letras que escribo son trazos del año que se fue. Y en cada cosa que haga, aunque ya no lo diga, estará presente lo que 2019 devoró.

Pero hemos cruzado la línea del 31 de diciembre. El 1 de enero se ha presentado con sus mejores galas y ha desbloqueado otro nivel del gran videojuego de la vida. Edición 2020.

Me gusta empezar aunque no sea más que un ritual. El tiempo es el que es y nos movemos en líneas divisorias imaginarias. Pero cualquier excusa es buena si sirve para tomar conciencia. ¿Estás dónde quieres estar? ¿Eres cómo quieres ser? ¿Qué metas te vas a imponer para variar la respuesta de las dos primeras preguntas?

Yo creo que este año me lo voy a tomar con calma e ir tirando con un objetivo al mes o algo así. Ahora cogeré una libreta y me pondré a escribir a mano un esbozo general de lo que me planteo para los próximos meses. Básicamente, estar a gusto conmigo y con los demás, leer mucho y dominar los secretos del tiempo y el espacio que permiten que 24 horas cundan como 48.

Sobre causas y tambores de guerra

Justo anoche soñé con algo que me pasó esta semana. Una simple tormenta de arena que, relativizada con el letal flujo piroclástico, se queda en poquita cosa. De hecho, es una tontería enorme sacada de quicio. Pero incluso una pequeñez puede enturbiar la madrugada.

Cuando desperté súbitamente, como si alguien hubiera cortado la corriente onírica que la alimentaba, me acordaba de todo y me dije: “quiero escribir sobre esto en el blog. Mañana lo hago”. ¡Error! Las pesadillas recién salidas del horno pierden rápidamente su consistencia y cuando vuelves a levantarte de la cama, tras esa segunda ronda, se han convertido en una amalgama borrosa sin pies ni cabeza.

Por suerte, todavía puedo reconstruir los hechos a base de especulación. Porque aunque el hilo conductor se ha perdido, la idea sigue ahí y es una idea incrustada en mi sien. Fácil de retomar.

Tras despertar sentí que la vida podría ser mucho más sencilla si no nos esforzáramos tanto en complicarla. Si no eligiésemos el do de pecho. Si no eligiésemos retorcerlo todo. Si no convirtiéramos en complot la sencillez de una explicación obvia: no somos el centro del universo. A veces, simplemente, no se trata de ti. 

Pero nos dejamos contagiar, de una persona a otra, transmitiendo mal humor y confrontación. ¡Menuda gripe A-gria!

Sé que me puedo equivocar y que en esta vida hay que saber luchar. Pero dentro de mí un palpito entiende que las batallas se eligen con cabeza, no sólo con corazón y, desde luego, nunca con las tripas. Ay, ¡cuanta energía desaprovechada!

Me gusta una frase de Gandhi que reza tal que así:

 no hay que apagar la luz del otro para lograr que brille la nuestra.

Me da la impresión de que pasamos demasiado tiempo pendientes de lo que hacen otras personas y nos olvidamos de nuestros propios actos, defectos y virtudes.

hugo-jehanne-LOHVrTsdvzY-unsplashMe da la impresión de que nuestra paz está condicionada por la actitud de los demás. Y que la verdadera riqueza está en rodearse de gente que no ama la guerra. Porque se me ha advertido muchas veces del peligro de las aguas mansas y, aún así, encuentro belleza en ellas. Incluso en la malograda equidistancia se esconde un poquito de prudencia. A veces, incluso sabiduría.

Y, resumiendo, esta sería la retahíla de mis pesadillas nocturnas. Una avalancha provocada por un copo de nieve. Una auténtica estupidez llevada al extremo. Manos ásperas que pretenden arrastrarme al barro. Pero yo no veo la cruzada y arrojo las armas a un lado.

Esperan el fuego en mi mirada,  los puños apretados. Pero la causa no lo merece y yo me empiezo a preguntar por qué.

Sobre meses y camisetas

Meses e e-mails leídos acumulándose como camisetas en una silla. Es curioso usar esa analogía porque no te gustaban nada mis montañas de ropa adolescente y yo siempre decía que sí, que luego las ordenaría. Luego. Bonito concepto.

Casi un año de e-mails y aquí sigo, con alguna que otra avalancha textil desparramada en casa. Pero no es para tanto: no llega el algodón al río. Sé que estarías orgullosa de esos momentos en los que lucen simétricas en el armario. No hablo de Marie Kondo, hablo de ti. Una hipótesis basada en la experiencia porque te conozco bien. Te conozco bien…

Odio las conjugaciones verbales.

(“Te conozco bien”).

Usándolas mal aposta por inyectarme algo de morfina.

Te conocía bien.

La gramática no entiende de eufemismos.

No sé por qué escribo todo esto. Será porque me levanto algunas mañanas y no me acuerdo. Una resaca emocional, un “qué paso anoche” que retrocede hasta enero y, sinceramente, podría hablar de ti en presente otra vez. Pero el aturdimiento dura un segundo y, de nuevo, siento un poquito de frío. Un frío que araña tanto en agosto como en noviembre.

Me gustaría ser original pero dentro de mi cabeza vive un humano cliché. Un humano absurdo, un copia-pega de frases impresas en canciones desde que a mi especie le dio por juntar palabras y notas musicales. Lo típico que se dice, que se escucha, que repites y pierde la gracia por manido. Pero ahí está. Existe. 

¿Cómo era?

Algo parecido a “daría lo que fuera por abrazarte otra vez”.

Y chocar, sin más, contra esos odiosos verbos pretéritos,

chocar, sin más, con la certeza absoluta del nunca más.

Sobre hablar, mejorar y cantar

Hace poco me explayé soltando recursos gratuitos que conocía para mejorar el inglés. Pero, ¿a qué no sabéis qué? Se me escapó uno muy curioso y doloroso que descubrí la semana pasada: Speak and Improve. ¿Por qué doloroso? Porque el dichoso robot me tiene manía y no para de soltarme B1s cada vez que abro la boca y, claro, yo que voy por la vida con ínfulas C1 me he precipitado al suelo asimilando mis habilidades comunicativas nivel estudiante del coleccionable I am Muzzy.Mazi

Pero en fin, os quería hablar de su existencia por si os resulta útil. Sólo necesitáis un micro, internet y un lugar sin mucho ruido. Mi amigo el robot os va haciendo preguntas, le dais al botón de grabar y ya está. A veces hay que responder cuestiones sobre temas generales, otras comentar una diapositiva y, a veces, repetir una frase. Cuando terminas una tanda de ejercicios, te aparece una barra de estado para que esperes mientras la inteligencia artificial calcula tu  nivel. Te da una nota muy baja, lloras y repites si lo deseas. Como cuando te cae champú en el ojo pero más anglosajón.

speak and improve

Para terminar esta entrada exprés, añadir que otro método divertido para hablar mejor (especialmente si os gusta la música en inglés) es intentar cantar o leer las letras de canciones a la velocidad a la que son cantadas. De esa forma se van entrenando los músculos implicados en la articulación de sonidos en inglés. Porque una cosa es leer mentalmente y otra cosa es producir esos sonidos en voz alta. ¿Piensas que sabes decir una frase sencilla porque en teoría conoces la pronunciación de todas las palabras que la componen? ¡Pues la lengua es traicionera y, cuando menos te lo esperas, te atrancas y tu confianza se resiente! Así que un poquito de entrenamiento para que cuando surja la necesidad de hablar vuestros aparatos fonadores estén lustrosos, sin óxido y dispuestos a demostrarle a ese maldito robot del demonio que sois más british de lo que parecéis.

A mí me gusta mucho Taylor Swift y creo que sus temas son buenos para practicar porque les mete muchas palabrejas, los estribillos suelen cambiar de contenido conforme avanza la historia de la canción y canta a toda mecha. Por ejemplo, You Need To Calm Down es genial porque si sois capaces de sonar naturales y fluidos repitiendo la metralleta vocal que libera en unos segundos, poneos un merecido pin.

And I ain’t tryna mess with your self-expression
But I’ve learned a lesson that stressin’ and obsessin’ ‘bout somebody else is no fun
And snakes and stones never broke my bones

Sobre armarios y colchones

La influencia de las palabras en nuestras vidas es algo que suele rondar mi cabeza. Estamos hechos de frases y de la historia que nos contamos a nosotros mismos y, en gran medida, de las historias que nos cuentan los demás. Por eso creo que somos responsables del relato colectivo que se construye a base de afirmaciones. Y cuando escucho a algunas personas sentenciar sobre ciertos temas, me provocan un nudo de inquietud en la boca del estómago. Por eso hoy quería hablar un poco de que se siente al ser LGTB y chocar de bruces con la narrativa del odio al diferente. Y para ello lo único que puedo hacer es contaros mi experiencia personal.

Ser gay implicó no vivir la edad del pavo porque yo no era como todos, me sentía un bicho raro y debía ocultarme. Implicó pensar que iba a perder conexiones en mi círculo social y familiar, que me rechazarían al saber lo qué era. Un miedo que conllevó un estancamiento, un freno, un muro. Y aunque estoy agradecido porque he tenido mucha suerte con la gente que me rodea, me inquieta que sea un factor imprevisible que dejas en manos de la suerte y me entristece que muchas personas en mi situación no han sido tan afortunadas.

Pero bueno, dije que iba a hablar de mi experiencia. Así que continúo. ¿qué sigue implicando todo esto?

Implica, todavía hoy, sentir vértigo al escribir “ser gay implicó…” porque una parte de mí vuelve a sentir que está saliendo del armario. Porque salir del armario no es un acto de valentía que practicas una vez en la vida y del que te libras para siempre. No eres valiente una vez, has de ser valiente todos los días.

¿Por qué?

Porque por defecto todo el mundo es heterosexual hasta que se demuestra lo contrario. Y para mucha gente demostrar lo contrario se convierte en una caza de brujas, en un cambio radical de paradigma. Todavía insultan y agreden a personas en los centros educativos (qué ironía) y en las calles por el mero hecho de ser quienes son. ¿Cómo no voy a sentir vértigo una y otra vez? Desmontar con palabras la configuración estándar que se espera de mí no es fácil. No siempre me queda coraje para salir del armario diariamente y, a veces, me digo  que a nadie le importa mi vida privada y que omitir no es lo mismo que mentir. Pero sé que no es cierto porque yo sé por qué elijo callar.

Para empezar es un eufemismo eso de que “a nadie le importa tu vida privada” o eso otro de que “yo no me meto con lo que cada uno quiera hacer en la cama” porque en el mejor de los casos, simplifica a la mínima expresión todo un universo de matices y en el peor, denota una intolerancia cínica. Si eres heterosexual no te planteas ni por un segundo que acabas de pronunciar “estoy buscando un regalo para mi novia” a un total desconocido. Trabajo en el comercio y hablo con cientos de personas a la semana y os aseguro que la confianza que practican los heterosexuales al salpicar las conversaciones con pequeños detalles de su vida cotidiana me fascina. Me da un poco de envidia no sentir esa misma libertad. El derecho a ser quiénes somos no empieza y termina en la intimidad de nuestra cama. La libertad y la igualdad deben trasladarse a la esfera pública y mientras siga existiendo miedo, la lucha por los derechos LGTB y los días del orgullo seguirán siendo necesarios.

Por eso, escuchar en medios de comunicación nacionales voces clamando al cielo que educar en la igualdad es adoctrinamiento ideológico me provoca escalofríos. ¿Vivir sin avergonzarnos es adoctrinamiento? ¿Salir a la calle sin temor es adoctrinamiento? No soy capaz de asimilar que alguien se esfuerce activamente en empequeñecer la dignidad de los demás. ¿Desde cuándo educar en la igualdad ha dejado de ser un derecho fundamental (y constitucional) para convertirse en adoctrinamiento?

Se me privó de una parte fundamental de mi desarrollo como persona. Lo que debía ser espontáneo y natural me parecía un castigo. ¿Por qué no era como los demás? El proceso de aceptación para descifrar cómo encajaba yo en el engranaje social, que convertía mi existencia en un chiste o un insulto, fue muy difícil. Y todavía me cuesta.

He sido educado en una cultura eminentemente heterosexual y, ¡sorpresa! no soy heterosexual. La orientación sexual NO se elige. Dejad de decir “yo respeto que cada uno sea lo que quiera ser pero…” porque no es así. ¿Por qué iba a elegir soltar la mano de mi pareja cuando vamos por la calle y pasamos delante de un grupo de personas? ¿Por qué iba a elegir que cada vez que viajo me recalquen alarmados que la habitación sólo tiene una cama? ¿Por qué iba a elegir que me dijeran en una piscina que me cortase porque había niños delante sólo por mostrarme cariñoso con otro hombre? ¡Ni siquiera nos estábamos besando! ¿Por qué iba a elegir no atreverme a contar que estoy casado a gente con la que trato diariamente? ¿Por qué iba a elegir tener que mirar alrededor para tantear la situación antes de atreverme a robarle un beso a mi marido? No, señores y señoras, yo NO he elegido ser así. Soy así sin más. Nací así sin más y os aseguro que conceptualizar la igualdad como adoctrinamiento lo único que consigue es crear un dolor innecesario que se podría ahorrar fácilmente con educación y visibilidad.

Muchas personas LGTB han sufrido y luchado por nuestro derecho a existir y hoy disfrutamos de los frutos que ellas no pudieron saborear. Y quiero recalcar lo del derecho a existir porque el amor es sólo una manifestación más de la existencia, pero el orgullo no se reduce a una cama, el motivo de esta lucha es el de reivindicar nuestro derecho a existir, día a día, en todos los ámbitos de la sociedad sin sentir miedo ni vergüenza y con las mismas oportunidades que el resto.

Ojalá sigamos avanzando y futuras generaciones puedan mirar atrás y sorprenderse de que hubiera un tiempo en el que ser uno mismo se considerase adoctrinamiento ideológico. Ojalá entendamos a tiempo que un armario sigue siendo un armario por muchos colchones que le metamos dentro.

El progreso y el bienestar de las generaciones que están por venir es nuestra responsabilidad. Y, por supuesto, también el bienestar de los que ya estamos aquí.

No lo olvides.

Sobre espejos y libros de autoayuda

Es importante tomar conciencia del lugar que ocupas en el mundo. Has llegado a ese rincón tras una sucesión de decisiones personales y otras impuestas desde fuera por la sociedad. Probablemente te hayan etiquetado alguna vez, una pegatina con letras grandes que te enmarca en un cliché determinado.

¿La llevas todavía? Probablemente sí porque esas mayúsculas escarlata se graban a fuego. Pero en fin, no le otorgues el poder de una afilada carta astral. Mírala oscilando sobre tu cabeza, afilada y quisquillosa, pero no te acobardes porque no tiene ningún poder sobre ti. Es sólo una etiqueta. Y su único campo de acción sobre tu destino consiste en condicionar todas y cada una de las oportunidades a las que puedes optar. Así como influenciar todas y cada una de las opiniones preconcebidas que se forma el resto del mundo sobre tu persona, incluyendo aquellos encargados de tomar las decisiones que pueden hacerte prosperar. Poca cosa, una minucia. Tan sólo una etiqueta…

A veces reflexiono sobre lo que soy y miro mi reflejo en una ventana de Johari empañada. Me parece distinguir algún letrero en mi frente, pero cuando observo más detenidamente, entre el vaho y las huellas dactilares, aparecen lineas de expresión, poros y otros asuntos dermatológicos que nada tienen que ver con etiquetas. Quizá el destello de un cargamento de ideas enturbia mi visión, pero son imperfecciones que no se arreglan con crema. El espejo no te miente, eres tú el que mira con ojos engañados.

Por lo que quizá debas reflexionar sobre quién eres, qué quieres y dónde estás. Este lugar donde la vida y tú os encontráis y en el que quieres permanecer. ¿O quieres escapar de allí? No lo sé. Pero es tu responsabilidad. Nadie va a cogerte en brazos y llevarte a ese otro sitio. Nadie va a poner vallas y proteger tu sitio. Seguro que hay mucha gente que te quiere. Pero tienen su vida, sus propios problemas, sus propios espejos enturbiados. Tú cuidas de ti mismo. Esmérate y hazlo bien. Lucha, colabora con los demás, busca una sociedad más justa para todos y también para ti.

Si te cierran la puerta, si no te miran a los ojos por mirarte la etiqueta. Si te dicen que no eres suficiente, si vuelves a casa encorvado. Si acabas por creerte todo lo que te han negado, si enciendes la luz pero la oscuridad sigue empapada en tu pupila. Todo eso te ocurre a ti mientras a otros les sucede su propia versión de ese dolor que crees tan único. El tuyo no es más prioritario que el suyo.

¿Qué puedes hacer? Pedir ayuda siempre pero sin olvidar ayudarte a ti mismo. Toma el control sobre tu propio bienestar. Sigue adelante a pesar de los grilletes de un etiquetado ajeno. Sigue esforzándote porque tu felicidad merece la pena. Búscate las habichuelas porque los milagros no existen. Y quien diga que sí es porque quiere venderte un libro de autoayuda.