Sobre networking y agricultura

El instinto de supervivencia se impone. Por algo es instintivo, ¿no? Las personas queremos sobrevivir en este intrincado mundo y no podemos hacerlo por nuestra cuenta. Necesitamos a los demás. De alguna forma amar nos hace más aptos para combatir en esta jungla llamada Tierra. Me encanta esa sensación de camaradería, esa fraternidad que está ahí para lo blanco, lo gris y lo negro. Pero el juego ha mutado. Le dieron de comer TikTok después de las 00:00 h, lo tiraron a una piscina de Instagram y lo expusieron bajo la luz de Twitter. ¡Notificación! Las relaciones sociales han sido actualizadas.

Las nuevas adquisiciones no me fascinan tanto. Esa amistad-LinkedIn o, peor todavía, la amistad-follower, básicamente porque me dan pereza y le quitan tiempo a la amistad-amistad. Parece que la avalancha digital ha sepultado a las personas y ha dejado más vivos que nunca a sus avatares. Y los avatares no necesitan tomar café contigo, necesitan un networking con leche de avena, necesitan engrosar su valía virtual con un usuario más. La marca personal ahora cotiza en bolsa. ¿Cuántos “amigos” hacen falta para coronar a un influencer?

Crear vínculos como medio, no como fin. Hacerlo rápido, hacerlo estratégicamente, pulir el perfil para encajar en el molde del siglo XXI. Sonreír no ante un grupo de amigos, sino ante una audiencia. El retorno de la inversión, el saldo favorable, el trabajo bien hecho. Vivir en un reality y construir suficientes alianzas para que se acuerden de ti en el próximo #reencuentro.

A veces pienso que me he escapado del libro equivocado en el momento equivocado, a veces pienso que me gustaría desenchufar la fibra óptica e irme a vivir a una cabaña con huerto. Pero no sé nada de agricultura. Una pena, ¿verdad?

Sobre collages y huracanes

El huracán se posa sobre el cerebro y, en un destello, remueve los estantes y vuelca su contenido. Fotos y anotaciones huyen de un cajón a otro, mostrándose en el camino.

Estampidas de susurros y conexiones que salen a la luz. Los recuerdos se lanzan en tirolinas con brillo navideño. Suena un estribillo diferente con cada sacudida y los dedos del viento barren entre líneas de nombres y apellidos de instituto. Desempolvan sus sonrisas y las clavan de nuevo en el corcho, a la altura de mis ojos. Sonrío yo también a juego con ellas.

Lodos arrastra el aroma de los años que se fueron. Es imposible captar los matices de cada fragancia, pero me transportan a sus centros de origen. Mi nariz se alarga y se expande guiada por moléculas volátiles. Viaja en fracciones de segundo; cápsulas de ámbar que conservan una noche de verano en aquella piscina, ahora vacía, pero rebosante y refrescante entonces. Mi propio Parque Jurásico se activa de pronto, estímulos repentinos, reacciones en cadena. La vida, sin duda, se abre paso. Ruge extasiada por los engranajes que la mantienen en marcha. Personas que fueron y personas que son juntan sus manos para darle cuerda. Y aunque quizá haya olvidado los detalles, la esencia no se ha perdido. Sigue agazapada en mí, dispuesta a resurgir en el momento más inesperado. Piezas de un collage que danzan al ritmo del huracán.

Sobre escudos y conflicto

Soy un lector fácil de contentar porque me puede gustar cualquier libro. No soy especialmente exigente, lo único que pido es que estén bien escritos. Una prosa resultona con palabras precisas, de esas que combinan con la frase, como una persona estilosa que sabe elegir los complementos. Nada más. Nada menos. Luego me puedo enganchar en mayor o menor medida, dependiendo del ritmo, la intriga y demás factores, pero mi fidelidad literaria está asegurada si me llaman la atención los ladrillos que componen los párrafos. Si la casa es bonita, me quedo. Pero, ¿suele ser esa la regla general de los demás?

Lo pregunto porque últimamente me intriga la necesidad (o no) del conflicto para generar historias. Los medios de comunicación nos acribillan con balas de tragedia y ellos son una industria millonaria. Conocen su oficio.

Estamos habituados a la estructura clásica de presentación-nudo-desenlace y no sé si las cuerdas sin enredos se quedan criando polvo en el estante. No sé, si quiera, si se puede acertar en la diana sin la munición del dolor humano. Porque, piénsalo bien, las grandes narrativas mundanas y ficticias huelen a sangre, lágrimas y pólvora.

Me gusta el eco y la forma de la tristeza, la silueta nostálgica de bruma que danza en una escala grisácea a ritmo de piano. Hay belleza en sus movimientos frágiles, en ella resuena la mortalidad y las ganas de agarrarse a esta vida fugaz. Me gustan los versos melancólicos porque hablan del instinto innato de sobrevivir; los poemas tristes giran en torno a la perdida del amor, de la juventud, del tiempo y la belleza, que no son más que antorchas que tiemblan e iluminan el camino de la Muerte. Y escribimos sobre ello para volvernos inmortales aunque sea un segundo; una inmortalidad pasajera que nos ancla al instante y nos aligera ese lastre de cenizas, polvo y losa.

¿Pero por qué será tan adictivo el conflicto? ¿Por qué vende tanto la violencia? ¿Quién elegiría la rutina por encima de la epopeya?

Puede que el éxito de la aventura en la ficción se deba a que a ese famoso nudo siempre le acompaña un desenlace. Y en esta sociedad de cadenas retorcidas, aparentemente inamovibles, es catártico contemplar como se disuelve la injusticia (aunque sea en un cuento). Mientras las noticias siguen acribillando desesperanza, alzamos escudos con forma de portada de libro, de canción, de blockbuster superheroico y parece que el acero no nos atraviesa. Y creer que no lo hace es suficiente para mantenernos en pie.

A las personas que les gusta crear, lo que sea, desde un jarrón a una canción, pasando por una entrada en un blog, se les pasa siempre por la cabeza esa idea de utilidad. ¿Será este texto un alivio para alguien? Y si la respuesta es afirmativa, te sientes parte de esa enorme red humana que lucha contra la nada absoluta, y continúas con un ánimo inquebrantable.

Por todo esto reflexiono sobre la necesidad o no de la tensión, los giros argumentales y, en definitiva, el conflicto en la escritura. Porque no me gusta (o no sé) escribir de esa manera épica y estructurada. Así que me digo que escribo para mí mismo, pero no sé si es cierto (o incluso posible); cuando termino de teclear y pulso “publicar” suelto en el viento un trozo de papel grabado con mi nombre. Me alegro porque lo he conseguido, he terminado algo que empecé, algo que no existía ayer. Me alegro y es suficiente. Pero, si os soy sincero, cuando realmente sonrío, cuando consigo detener un instante la guadaña que cercena, es cuando ese folio arrastrado por el huracán de la blogosfera, se topa con otras manos. Manos que lo sostienen y descubren, no ya mi nombre, sino el suyo propio.

Durante un segundo, sin conocernos, sostenemos juntos el escudo. ¿No es maravilloso?

Sobre sonrisas y cajas de latón

Gotas de lluvia, bajo la ventanilla. El aire cargado de brisa y electricidad, caricias en el brazo. Un domingo cotidiano que se vuelve especial con una inyección de ozono y optimismo. El coche avanza, sonrío; observo los grises, verdes y violetas del paisaje, observo el asfalto que cambia y permanece. La luz que se cuela entre las nubes, el petricor, que me hace cosquillas en la nariz, y sabe a otoño y primavera, a días ligeros.

La rueda gira, el continuo vaivén lo arrastra todo. Los días se suceden y bailamos a su son. Pero, a veces, muchas veces, siento que no pueden tocarme, que se escurren debajo de mí, incapaces de rozar mis pies. Me escapo del metraje y fotografío mi vida desde fuera. Atesoro momentos como polaroids en una caja de latón. Floto sobre el torrente de instantes, ligero como un domingo lluvioso. Y no es infrecuente que mientras me elevo por encima del olvido, tu sonrisa se alce como común denominador.

Sobre el reinado de la libertad

Hace muchos años, cuando una de mis primas era todavía una niña pequeña, me contaba su hermana que le había preguntado sobre la libertad. Algo que no se responde completamente con una frase. No hay sentencias absolutas sobre ese concepto, excepto las pronunciadas por bocas con mazo. ¡Orden en la sala! Y no creo que sea fácil ni siquiera para ellas.

¿Qué es la libertad? Ay, si yo lo supiera, pero no lo sé. Tengo alguna leve idea de lo que no es y en las últimas semanas, enfrascado en reediciones de sabiduría milenaria, he sopesado la aproximación estoica: la libertad consiste en alcanzar el control sobre nosotros mismos. El último libro de fantasía épica que he leído (Kings of the Wyld de Nicholas Eames) incluía una cita interesante sobre ello. No sé cómo la habrán traducido al español, pero creo que sería algo como “Cualquiera puede ser rey si gobierna sobre sí mismo”. Una frase que subrayé nada más toparme con ella, incluso antes de que Epicteto, Séneca y Marco Aurelio hubiesen barricado mi camino con tratados trascendentales. Debe ser que estoy predispuesto a ella.

Así que no, no sé qué es la libertad. Podrías escuchar fácilmente mis lamentos sobre horarios laborales, jornadas partidas, escasez de tiempo, aficiones frustradas, sueños postrados en la imposibilidad, aviones a los que nunca podré subirme, etc. El tiempo y el dinero están demasiado ocupados imponiendo su yugo sobre el mundo como para plantearse, si quiera, tomar el control sobre sus actos y pensamientos. Pero esas son las cartas y este es el juego: nadie cambiará tu mano inicial por mucho que la empapes de lágrimas obreras. Así que a ratos divago sobre los aspectos de la partida que todavía no escapan de mi dominio.

Escucho canciones, leo libros, veo series, escribo frases deslavazadas, converso con decenas de personas, reacciono o no. Disfruto de lo que me gusta cuando tengo la suerte de ponerme a ello. Me aferro a la idea de que es algo enteramente mío. Por eso, a veces le declaro la guerra a las redes sociales y trato de huir de allí, aún renunciando a cierta conectividad hedónica. Porque no puedo evitar notar la imposición subconsciente de la audiencia virtual emergiendo; notar la puntita del iceberg clavándose. Pero aunque te prometas lo contrario, sabes que nunca es solo un poquito, sigues estando allí y al final te la meten hasta el fondo: escuchas lo que “quieres” que sea tendencia, lees lo que “quieres” que sea tendencia, ves lo que “quieres” que sea tendencia, escribes como “quieres” que sea tendencia, hablas como “quieres” que sea tendencia. Acabas reaccionando como “quieres”, pero ya no estás seguro de si la ese es una ene y si dudas en eso, ahí tienes tú respuesta. ¿Es así la libertad?

Existirá gente con personalidad contundente y bordes rocosos y sólidos que no necesite encajar en el puzle social amplificado por las redes. Yo creo que soy así, pero sé que no lo soy. He acabado comprando y pensando cosas que no llevaban mi nombre puesto. Es estúpido querer negar la vida tal como es, pero más estúpido es ser Clark Kent y llevar una pulsera de kryptonita, ¿verdad?

Por eso haced con vuestra libertad lo que os apetezca y, a ser posible, que os nazca de dentro; yo voy dando tumbos con la mía y aspiro, al menos, a encontrar un espacio propio en el que escuchar, leer, ver, conversar y reaccionar en libertad. Regirme por una sola ley: minutos, quizá (con suerte) horas sin necesidad de validación externa; un lugar en el que fluir, donde los únicos “me gusta” que persiga surjan de mi propia, personal e intransferible satisfacción.

Sobre el cuento (completo) del troll Sam y sus hijitos

Érase una vez un troll que vivía con su familia en una cabaña destartalada. Tenía seis hijitos troll que alimentar sin ayuda, pues su amada troll había muerto de gripe el invierno pasado. Fue un invierno realmente frío y era una cabaña realmente destartalada.

El troll se llamaba Sam y los seis pequeños trolls, Sebastián, Sara, Sonia, Sandra, Santiago y Susana. Era una familia que se quería mucho, a pesar del hambre (provocada por la pobreza) y la tristeza (provocada por la pérdida de su encantadora matriarca, Soraya).

A Sam le preocupaba el bienestar de su familia; la primavera daba paso al verano, el otoño pronto estaría allí y, cuando quisieran darse cuenta, los habitantes del bosque estarían repitiendo entre risitas frikis: “se acerca el invierno” (no copyright infringement intended). Pero el invierno solo es agradable si viene acompañado por mantas, provisiones, chocolate caliente, calefacción y Netflix. Si vives en una cabaña destartalada en la que el viento helado se cuela por las rendijas, los resfriados se cuelgan de tu nariz y la nieve te impide salir a buscar comida, eso de “se acerca el invierno” (no copyright infringement intended) te suena muy, muy mal.

Por suerte, Sam tenía una idea. Por desgracia, las ideas y los sueños solo se hacen realidad con el bolsillo lleno. Y aunque Sam tenía el corazón lleno (de amor por sus hijitos), el alma llena (de luto por su Soraya) y la mente llena (de angustia por el futuro), su bolsillo, junto a su despensa, eran la nada absoluta solidificada y afilada, clavándose en su pantorrilla y en su estómago. Lo que nos lleva a presentar al siguiente personaje de este cuento.

En el bosque habitaba un dragón millonario, mezquino, petulante, ambicioso, cruel y de profesión prestamista. Supongo que la mezquindad es requisito obligatorio para acceder a la FPPR (Facultad de Préstamos y Piernas Rotas), pero sea como sea, el dragón Smaugtherin nunca salía perdiendo en sus tratos. Ni le temblaba la zarpa para reclamar lo que era suyo.

Smaugtherin vivía en una lujosa mansión con vistas al río y al pueblo humano (le gustaba tener vigilada la comida, ya fueran peces o rollizos bebés), y allí se encontraba nuestro troll Sam, dispuesto a conseguir los fondos necesarios para llevar a cabo su plan de salvamento familiar. Porque Sam era un troll sesudo y trabajador, al que la fortuna no había sonreído, y todos esos reveses le habían conducido ante la presencia del prestamista más grande del reino (literal y figuradamente hablando).

El encuentro entre Smaugtherin y Sam no dará para grandes momentos de la épica. Uno podría esperar frases ocurrentes como “tienes buenos modales para ser un ladrón y un mentiroso” (no copyright infringement intended), pero Sam no era precisamente un experto en protocolo, su honradez era incuestionable y no sabía mentir (otra de las desventajas de no haber estudiado en la FPMYSF “Facultad de Protocolo, Modales y Sonrisa Falsa”). Por lo que recorreremos  esta parte de la historia de puntillas y nos centraremos en lo fundamental.

¿Y qué es lo fundamental?

  1. Sam pasó mucho miedo.
  2. Sam consiguió los fondos necesarios para su plan.
  3. Sam obtuvo unas condiciones nefastas. Básicamente debería devolverle a Smaugtherin el triple del valor del préstamo, así como un 50% de todas las ganancias obtenidas con su trabajo hasta el fin de los tiempos. Y si no lo hacía pronto y de forma eficiente, el prestamista se quedaría con todo lo que Sam poseía y el 50% pasaría al 100% en lo que dura una bocanada de fuego sobre un troll.

A Sam esta situación le daba vértigo y temblor de rodillas (igual que su nevera), pero cuando eres pobre, tienes seis hijitos troll que alimentar y todas tus esperanzas dependen de un dragón sin carencias de oro, ni de horas de sueño, ni de carne a la brasa, ¿qué clase de trato favorable puedes conseguir? Dejémoslo en que la negociación duró menos que la paz y la armonía en Twitter y pasemos a desvelar (por fin) en qué consistía el plan de Sam.

El río del bosque partía por la mitad una gran cantidad de hectáreas  y el camino oficial daba un rodeo muy incómodo. Sin embargo, al alcalde del bosque no se le había ocurrido destinar los fondos municipales a remediarlo porque las aldeas ricas estaban bien comunicadas. ¿A quién le importaba que los periféricos tuvieran que andar el triple para llegar a cualquier parte?

Todo esto se podría solucionar fácilmente. ¿Cómo? Con un puente. Que es justo lo que nuestro troll pretendía construir en el punto exacto donde calculaba que sería más conveniente . Sam había estudiado albañilería y dicen que el hambre agudiza el ingenio, ¿no? Por lo que no existía, ni existirá, nadie más ingeniosamente capacitado para esa tarea. Con el material que compró gracias al préstamo de Smaugtherin se puso manos a la obra.

Primero arregló su cabaña destartalada y una vez lista, empezó, con ayuda de sus seis hijitos,  a dedicarle todo su tiempo y esfuerzo al puente. Os voy a pedir que os imaginéis el proceso porque este humilde narrador no sabe nada de Ingeniería de Caminos, por lo que, con vuestras disculpas, vamos a pasar directamente a ese día en el que el puente del troll quedó terminado y listo para su explotación, uso y disfrute.

Sam y sus seis hijitos, muy juntitos unos de otros, miraban agotados y embobados su precioso puente. Más que agotados, estaban derrengados, y aún así os garantizo que hacía meses y meses que no se sentían tan felices. Sin embargo, cualquiera allí presente podía ver que Sam lloraba. Lloraba mucho. De hecho, lloraba el doble: de alegría, al ver su gran proyecto concluido, y de pena, por no poder compartirlo con su Soraya. Es curioso que se pueda estar eufórico y triste a la vez sin perder la coherencia; pero se puede y cualquiera con el corazón abollado por la ausencia puede entender las lágrimas de Sam. Nuestro troll había reflexionado, más de una vez, que con lo hecha añicos que estaba su alma se podría abastecer un coleccionable semanal durante décadas.

Menos mal que su suerte estaba a punto de cambiar. A Sebastián, Sara, Sonia, Sandra, Santiago y Susana no les iba a faltar de nada. Serían una familia próspera y bien avenida. Todo lo que habían soñado se haría realidad. Y…¡JA! hubiera dicho cualquier dios clarividente de estar escuchando el hilo mental de nuestro Sam. Ese”¡JA!” habría resonado a tantos decibelios que Sam no solo sería un troll equivocado, también sería un troll con los tímpanos reventados. Aunque para estar sordo hay que estar vivo y Sam, el troll debajo del puente, tenía las horas contadas.

Y como todos los finales, el día nefasto empezó con un principio: Sam madrugó, se aseó, preparó el desayuno a Sebastián, Sara, Sonia, Sandra, Santiago y Susana, se puso su uniforme nuevo, se miró al espejo y sonrió. Por fin los dioses kármicos cósmicos le habían dado una tregua. “Soraya, amor, mío”- se dijo, “hoy empieza una nueva vida de la que te sentirías muy orgullosa”. El troll Sam hablaba diariamente con su Soraya, incluso aunque esta no pudiera contestarle desde que el frío se la había llevado al más allá de los trolls. O como poco, mucho más allá de su amado compañero troll. 

Cuando Sebastián, Sara, Sonia, Sandra, Santiago y Susana estuvieron también aseados, desayunados y uniformados la jornada comenzó. Sam se fue al puente y sus hijos se fueron con impresos promocionales a airear a los cuatro vientos que el río ya se podía cruzar sin dar un rodeo. Además, Sam necesitaba mucha clientela, pero era un troll noble y honrado y había incluido tarifas superreducidas para los más pobres (porque los había incluso más pobres que Sam y su familia, criaturitas desdichadas que ni siquiera tenían cabañas destartaladas donde dormir su hambre). 

Y allí estaba nuestro troll, sentado en la caseta del puente. Miraba al horizonte con una sonrisa de oreja a oreja, ansiando el ruido de pasos y el tintineo de monedas. Esperaba especialmente este último sonido porque no había olvidado a su enorme y letal benefactor. Era consciente de que su brillante futuro dependía de pagar puntualmente (con intereses) la deuda al dragón Smaugtherin. De hecho, juraría haber visto una sombra alada y avariciosa tapar el sol, pero quizá eran los nervios del directo. Es comprensible estar un poco inquieto cuando le debes (mucho) dinero a un dragón.

De pronto vio a lo lejos una figura que se aproximaba. ¡Por fin llegaban los pasos y las monedas para solucionar todos sus problemas! Un pequeño cabritillo cruzaba el puente dando saltitos. Sam no lo sabía pero era el primero de tres hermanos el que había estrenado su puente reluciente. Tres clientes en menos de diez minutos es un gran comienzo, siempre y cuando no se convierta en tu final. Pero él desconocía ese detalle, así que volvió a sonreír y fue a recibir muy entusiasmado al primer transeúnte. ¡Pobre Sam! Ojalá los días nefastos avisaran por anticipado para que los trolls albañiles no se dirigieran a la muerte con una sonrisa.

 El pequeño cabritillo vio al troll y se preguntó qué diantres hacía un bicho tan feo observándole como si fuese un plato de patatas fritas a la hora de la cena. Su cara resplandecía en una mueca de dientes retorcidos. Pequeño se estremeció.

Buenos días, pequeño cabritillo. Espero que hayas cruzado el río con comodidad; desde puentes Soraya su bienestar es nuestra mayor aspiración-dijo Sam por ser un buen relaciones públicas, ya que “págame ya” quedaba un poco seco.

Lo, lo, lo… siento-balbuceó el cabritillo- mis hermanos no me dejan hablar con extraños y se van a enfadar si ven que me estás reteniendo contra mi voluntad. Están al llegar. ¡Déjame en paz, por favor!

¿Reteniendo? Eh, no es mi intención retener a nadie-respondió Sam-. Este acceso sobre el río lo hemos construido mi familia y yo y ahora me aseguro de que todo funcione correctamente. Y de ser así, recibir…(no se le ocurría en  qué tarifa encajaba el cabritillo paranoico). La voluntad irá bien-añadió.

¿Quieres dinero?-Pequeño se asustó aún más porque lo que tenía en los bolsillos era para comprarse la Juegaestación V

Entonces llegó el cabritillo mediano y se encontró con un troll gesticulante y con un hermano pequeño tembloroso. 

¿Se puede saber qué está pasando?

Me quiere robar el dinero de la Juegastación V-berreó Pequeño con lágrimas salpicando sus ojos jugones.

¿Qué?-bramó Mediano.

¿Cómo?-aulló Sam.

En la confusión llegó Grande y vio a sus dos hermanos acosados por una criatura muy fea que movía las zarpas y las mandíbulas amenazante; ¿Un troll?-pensó- Ese monstruo diabólico y ponzoñoso está aterrorizando a Pequeño y Mediano. ¡No lo permitiré! Tomó carrerilla y salió corriendo como un guardaespaldas en una película de los noventa. 

-¡Deja en paz a mis hermanos, escoriaaaa-berreaba, bramaba y aullaba Mayor mientras se abalanzaba furioso hacia el troll . Tan rápido iba que calculó mal la frenada y arrolló a Sam con toda su fuerza, justo cuando este, desprevenido, buscaba en el petate del uniforme un trozo de papel. Y así, sin saber por qué, nuestro troll albañil se encontró volando por encima de la barandilla que él mismo había instalado la semana anterior juntos a sus hijitos. Una nube de folletos se escapó de su petate y cayó como confeti sobre los tres cabritillos. Desde puentes Soraya su bienestar es nuestra mayor aspiración-leyó Mayor mientras a Sam se lo tragaban las aguas embravecidas del río. El que hace unos minutos fuese un troll embriagado de futuro se había convertido de un empujón en un troll ahogado. Y colorín colorado la historia de Sam se ha acabado. 

 La de los tres cabritillos continuó: huyeron de allí con el dinero para su Juegaestación V intacto en los bolsillos. Le contaron a la gente del pueblo que un troll les había atacado y que ellos habían conseguido ahuyentarle. Pero sus conciencias inquietas por la duda de un folleto publicitario no descansaban. Desde entonces cada vez que pasan por un puente se preguntan si un troll acecha escondido, esperando su venganza. Llegado el momento, usaron un cuento para advertir a sus hijos de ese peligro; y con los años los hijos de sus hijos escucharon el mismo cuento. Y así será hasta que los puentes, o los ríos, desaparezcan de la faz del bosque. 


Quizá os preguntéis qué pasó con Sebastián, Sara, Sonia, Sandra, Santiago y Susana, los huérfanos de padre y madre que regresaron a un puente sin troll tras una jornada publicitaria poco productiva . Pues bien, Smaughterin al ver las condiciones de su contrato incumplidas (¿qué era eso de permitir ser asesinado antes de saldar una deuda?) se apoderó del puente, puso a unos matones a prueba de empujones a custodiar el paso y a recaudar eficientemente con una única tarifa (que no era precisamente superreducida). Los hijitos de Soraya y Sam entraron a su servicio a perpetuidad (sin contrato por supuesto) y se rumorea que trabajan de sol a sol bajo los oscuros designios empresariales del prestamista más grande del reino. Otros rumores apuntan a que, más pronto que tarde, acabaron sirviendo de tentempié de dragón. Aunque si hacéis caso a las habladurías acabaréis creyendo cualquier cosa. ¿O no habéis escuchado eso que cuentan sobre trolls solitarios que se ocultan en los puentes para atormentar a los incautos?

Sobre culebrones estoicos

Últimamente estoy leyendo sobre estoicismo y me está resultando una filosofía interesante. Pero me pregunto cómo funcionaría, digamos, un culebrón turco o venezolano si los protagonistas fuesen estoicos. ¿Tendría mucha audiencia un espectáculo amoroso donde la pasión visceral no fuera el punto de apoyo de la acción-reacción?

Topacio Cristal entra a la habitación y sorprende a Luis Fernando besando a su mejor amiga.

-Luis Fernando, me has puesto los cuernos.

-Sí, Topacio Cristal.

Topacio Cristal evalúa la situación y comprende que lo único que puede controlar es la manera en la que reacciona a ella. No va a manchar su virtud con el exceso de los celos y el lanzamiento de jarrones, así que se marcha de allí considerando que no volverá a ser pareja de Luis Fernando porque ya no puede creerle. Pero si él se disculpa e intenta un acercamiento, le puede ofrecer su amistad cordial.

De todos modos, desde el estoicismo Luis Fernando hubiese controlado su atracción sexual al considerar que la virtud del acuerdo monógamo al que había llegado con Topacio estaba por encima de sus palpitaciones genitales.

Imagino que los personajes serían mucho más felices que los televidentes. A fin de cuentas, sin pasión no hay culebrón.

Y bueno, divagaciones de audiencia televisiva aparte, a ver si cuando lea y aprenda más cosillas sobre el estoicismo os hago un resumen por aquí.

La terapia cognitivo-conductual ha incorporado muchos ingredientes estoicos en su receta psicológica y creo que, si no te ganas las habichuelas culebroneando turcamenta en la pequeña pantalla, te podrías beneficiar de esas ideas que surgieron con el hundimiento de un barco allá por el 300 antes de Cristo y que continúan, miles de años después, dando vueltas por el mundo y haciéndole la vida más serena a Topacio Cristal.

Sobre oraciones enunciativas

No necesitas poesía para seguir presente, cuando te basta una simple oración enunciativa: te escapas por sus rendijas, natural y sin artificio.

No necesitas que te mencione porque, aunque vista tu ausencia, es tu esencia lo que luzco, lo que permanece. El recuerdo anida con sutileza y aparece en los libros que leo, o en lo que digo a las personas con las que hablo.

No necesito estar triste porque la vida es así, siempre es así. Araña y acaricia; devastadora y hermosa. Me gusta pensar en ti cuando todo va bien, por querer compartirlo contigo. Me agarro al sol reconfortante, a la música y, sobre todo, a las letras. Sigo dibujándome en el mañana, trazo a trazo. Y no estás, pero tampoco te has ido porque las ceras con las que dibujo me las regalaste tú. ¿Cómo va a perderse algo tan tangible como el color de tu voz en mis oraciones enunciativas?

Existe el futuro y una vida que moldear. Seguiré escribiendo, no siempre de ti, pero de alguna forma, siempre contigo.

Sobre cuentos inconclusos del País Azul II

A la caída de la tarde tuvo lugar una reunión que cambiaría el destino de muchos. Puede que en un principio las intenciones y propósitos que provocaron la toma de esa decisión fueran nobles, incluso justos; sin embargo, un fin puro cuando requiere derramamiento de sangre se tuerce, se escapa del control de quienes lo idearon y convierte en desolación e incertidumbre lo que debería ser progreso y bienestar. ¿Pero cómo ayudar a quienes no te dejan ayudarles? La respuesta a esta pregunta, al menos en este relato, consiste en reunirse a la caída de la tarde. Y eso fue lo que hicieron los cinco hechiceros del País Azul.

El País Azul es una enorme extensión de terreno y en tan vasto territorio muchos desean gobernar. Por eso, desde tiempos remotos hubo guerras y enfrentamientos por el poder y el dominio de unos sobre otros. Después de miles de años de historia se llegó a  un precario equilibrio: cinco reyes se elevaron como dignatarios y el país se dividió en cinco partes, las cuales eran gestionadas y administradas según el deseo de cada uno. La monarquía era renovada con los herederos de cada casa real. Así se mantuvo a lo largo de los años y así ha llegado a nuestros días.


Bien es sabido que un hombre no puede organizar los asuntos de  todo un reino en solitario y por esto se delegaron funciones en otros individuos, que tejían el enramado político del País Azul. Hubo algunos que sobresalieron por su inteligencia y perspicacia; gente destacada que ocupó una destacada posición en los concilios reales. Se les llamó consejeros y todo aquel que gobernaba oía sus opiniones y sutiles advertencias. Ostentaban el poder en la sombra: los reyes hablaban, pero ellos movían sus labios.

Sobre hebras y basura

Como ese jersey de lana que, descuidado, estropeas al enganchar una hebra y te sigue abrigando frente al invierno, a pesar de todo. Pero la gente lo mira y lo señala: no es perfecto, deshazte de él. Si está dañado no debes mostrarlo. Y tú sigues el consejo porque te avergüenza salir “así”, que te vean, que te juzguen.

Lo metes en una bolsa. Desaparece. Te compras uno nuevo, con las hebras correctas, y caminas con calidez y orgullo, a prueba de lenguas y pupilas.

Otras veces, eres tú el deshilachado, pero no es visible. Si no se nota, no lo ven y si no lo ven, no importa. Trasquilones y cicatrices que no pasan la prueba del espejo. Todos estamos un poquito rotos por dentro, pero tenemos más suerte que la ropa: nuestro dolor es transparente (por tanto, aceptable) y no tenemos que exiliarnos en la basura.