Sobre patrañas y colorantes

¿Me habré quedado vacío de palabras? O a lo mejor es que ya he dicho todo lo que tenía que decir. Quizá existe un límite de almacenamiento en mi interior y ya he agotado el estocaje. Ahora puedo volver a describir algunas de esas mercancías existenciales que rondan por mi cabeza y que ya compartí por aquí. Es más de lo mismo, pero sin la esencia de la primera vez. Las frases desgastadas siguen siendo frases, pero han perdido las ganas de salir a la palestra. Y sin ganas lo único que muestras son las costuras de una fachada apática. ¿Qué público va a tragarse semejante bodrio?

Puede ser que nos pase igual a las personas con los años: el uso nos deforma y nos aplasta. La esencia sigue ahí pero, al descubrir lo que podemos esperar del mundo, creemos poquito de lo que nos cuentan. Incluso aunque sepamos que no nos están mintiendo, somos conscientes de que no es verdad. Las mentiras siguen siendo falsas incluso aunque las pronuncien labios convencidos. Son falsas desde el momento en que nuestros oídos las niegan. No calan, no penetran, se escurren inertes hacia el suelo. Y en el suelo se quedan.

La felicidad consiste en fingir que la verdad, de alguna manera, sigue siendo posible; ingerir patrañas ignorando el dolor de garganta; lamer el helado y quedarse con su sabor, no con sus colorantes. Porque aunque todo sea un artificio, existe para nuestro disfrute.

La vida es una mentira; que no languidezca el deseo de seguirle la corriente.

Sobre universos en patios de butacas

Camino por la acera cargado de pensamientos y me cruzo con personas que, a su vez, también rebosan de ellos. Pequeñas galaxias egocéntricas que se rozan, incluso se miran, y cuyos campos gravitatorios, solo a veces, traspasan el horizonte de sucesos. Y cuando se da el caso, añado un nuevo satélite, un nuevo planeta, un asteroide, un meteorito, un trozo de roca de mayor o menor tamaño, una nueva pieza que orbita en el universo de mi existencia. Nuevos personajes de esta obra de teatro que protagonizo. Protagonista de la mía y secundario, extra, lo que sea, en la de los demás.

Estamos todos en cartel al mismo tiempo: un grandilocuente espectáculo, repleto de pasarelas que conectan nuestros escenarios, de modo que las apariciones de unos y otros en las tragicomedias ajenas provocan todo tipo de efectos. Un chispazo que prende un telón y llena de humo otro patio de butacas. Así es la vida.

Y así me gusta mirarla, de siempre, desde pequeño. Todavía recuerdo un álbum ilustrado que mostraba la actividad cotidiana de una ciudad a lo largo de un día cualquiera; me pasaba las horas muertas observando a sus habitantes, cada cual afanado en sus asuntos. Mientras pasaba las hojas el tiempo transcurría para esas personitas, la mañana se convertía en tarde y el tráfico, el movimiento y las acciones iban variando a su son. Todo se volvía más tranquilo al caer la noche. Las luces se encendían en las casas y ya fuera de mi vista, pero presente en mi imaginación, la vorágine de historias continuaba. Incluso al cerrar los ojos no se apagaba.

Si alguien mira el mundo desde arriba, digamos, no sé, desde un mirador, un globo, una montaña, nos convertimos en esas personitas de mi libro infantil. Nuestra importancia se relativiza a vista de pájaro. La democracia del plano cenital.

Pequeñas galaxias de carne y hueso, irremediablemente afectadas entre sí. Nuestras lentes lo filtran todo y sentimos que el mundo entero entra en colapso cuando nosotros entramos en colapso. Y supongo que no nos falta razón porque todo lo que experimentamos, aunque vaya más allá, empieza y termina en nosotros. El amor, el dolor, la amistad, el futuro, todo existe en nuestra particular obra de teatro. Cuando se apagan las luces, pasamos como un eco a otros escenarios, a otras conversaciones, pero ya ni nos va ni nos viene. Les va y les viene a otros.

Y todas estas palabras, vistas desde fuera, desde lejos, desde cualquier distancia distinta a mí, caben en una cabecita diminuta, sostenida por un cuerpo que camina por una acera, cargado de pensamientos y chocando, rozando, incluso mirando, a otras cabecitas inmersas en otra narrativa de marca registrada. Universos que son únicos, irrepetibles, inmensos, trascendentales, misteriosos, sorprendentes, milagrosos y, también y sobre todo, total y absolutamente insignificantes.

Sobre monedas de cambio y recipientes colapsados

Tengo el cerebro embotado, pero quería escribir un poco porque acabé la última entrada abogando por el punto y seguido; y el punto y seguido no surge de la nada. Hay que arrastrarlo hacia el ordenador, levantarlo y lanzarlo hacia la pantalla. ¡¡Buuuum!! Habemus signo de puntuación.

Últimamente gasto mucha energía intentando mantener la concentración, así que estoy un poco exhausto, y hasta para quejarse hacen falta fuerzas. Querría contaros algo profundo, algo bonito y bien hilado, pero mi cabeza es un recipiente colapsado.

Luego, lo de quejarse o no quejarse…¿será esa la cuestión? ¿O será, tal vez, descifrar la retahíla de berrinches que puede aguantar un oído ajeno antes de hacer mutis por el foro? Supongo que, como todo, el equilibrio es la clave, pero, ay, ay,ay, vengo cargadito de humo negro y estoy deseando resoplarlo sobre cualquiera que ose pronunciar un «¿Qué tal?» de cortesía.

Mis neuronas supuran algoritmos y ferias del libro, y entre ellos me disipo. Pero todavía asomo la nariz, aún queda un poquito de mí en mí. Me gustaría extraer tiempo del tiempo para participar en mayor medida en otras vidas. Ese es el objetivo, siempre lo ha sido. Es paradójico que me aleje (ahora) para estar más cerca (luego). ¿Habrá un luego? Qué estúpido me sentiría si no.

Por suerte siempre nace algún momento: quedadas en el metro, desayunos, almuerzos, escapadas, mensajes…

No es suficiente, no es lo mismo, pero estoy de reformas estructurales y todo logro, si no eres rico, requiere sacrificio. Me agota que el sudor sea mi única moneda de cambio, pero pienso en todos los sábados de familia y amigos que quiero comprar, y merece la pena.

Mientras tanto…

Lamento marchitar el ahora, no estar más a menudo. Lamento ofreceros las migajas que vomitan mis obligaciones.

Prometo volver. Sí, volveré.

¡Esperadme, malditos!

Sobre pedalear en bicis oxidadas

Es difícil encontrar tiempo, ya lo sabéis, pero creo que es fundamental hacer los malabares necesarios para impedir que se oxide la bici que os lleva a vuestro lugar feliz. No sé cuál será ese rinconcito de vuestra semana en el que os sentís en paz. Siempre existe un espacio, un momento, una persona que se vuelve paréntesis de las frases retorcidas en las que se os engancha el jersey.

A mí me gustan las duchas calentitas, los audios de mis amigos (sí,sí esos vapuleados audios de whatsapp pueden ser un salvavidas inesperado en pleno naufragio del Titanic), leer, escuchar música, caminar, zampar chocolate, volver a este blog.

Dejo aquí pensamientos, los olvido, los encuentro y, sin remedio, escribo una y otra vez en un bucle; un ciclo infinito para intentar revitalizarme, aunque sea a base de expulsar de nuevo las mismas palabras que arrastro en esa bici que trato desesperadamente de mantener en marcha.

Vivimos en un mundo loco atiborrado de noticias desquiciadas y sabor a apocalipsis. Millones de personas y tú, cansado, ilusionado, roto, exultante, destrozado, qué mas da. Estés cómo estés, vistes tus grietas de dorado y sales a la calle, un Kintzugi más de aventura en la selva de hormigón.

Por eso no quiero olvidarme de ti, mi pequeña libreta de pensamientos en línea, y en contra de todo pronóstico, hoy he detenido los minuteros de mi reloj, contrayendo los músculos como Superman, para no dejar siempre al final de la lista aquello que me apetece hacer. Porque me he acostumbrado a apretar los dientes, sudar y romperme la espalda para contentar a otros, para comprar un futuro. Pero no quiero descartar el esfuerzo de contentarme a mí mismo, así que lo dejo todo un instante, dejo de producir, dejo de intentar ser útil, dejo de ser una herramienta.

Vuelvo a ser yo y subo a esa bici oxidada, pedaleo, segundo a segundo, a solas con mi presente. Y me ha traído aquí otra vez.

Escribo, entrego una parte de mí y, a la vez, la recupero.

Ya está. Ahora toca punto y (ojalá) seguido.

Sobre senderos a través del bosque

Creces y abandonas el hogar, sales al bosque.

Oscuridad y resquicios de luz entre la bóveda de árboles. Un sendero que avanza, que no se detiene. Mantienes el paso, te caes y vuelves a iniciar la marcha, siempre contigo mismo, a veces a solas; a veces, si la travesía te sonríe, acompañado.

Sabes que, tarde o temprano, el sendero se cortará abruptamente bajo la suela de tus zapatos. Seguirá, sin embargo, serpenteando eternamente entre la espesura. Pero ya sin ti.

Sientes miedo. Un frío intenso te sube por la espalda: el vértigo de ser engullido entre las hojas. Si nadie encuentra tus huellas en el bosque, ¿exististe realmente?

Gritas tu nombre, tratando de grabar su eco en las cortezas grisáceas. Deslizas trocitos de papel entre tus dedos, caen en la tierra escritos de tu puño y letra. Deseas que germinen, que broten y proyecten una sombra de ti, un refugio para otros caminantes. Ojalá se acurruquen reconfortados y hablen de ti, o al menos reconozcan fugazmente tu existencia. Sería suficiente: destellear una décima de segundo, escapar del vacío un segundo.

Es egoísta aferrarse, temblar ante la aniquilación, abrumado por la Nada. Pero eres humano, hambriento de reconocimiento, ansías la atención y aborreces el olvido. El sendero se desliza veloz y tú, mortalmente lento, inevitablemente lento, luchas por encontrar el ritmo adecuado.

Cuando te sientes derrotado, admites, te consuela mirar el paisaje. Extasiado por su inmensidad y complejidad, tú, aquí y ahora, piensas en todos esos huesos, tendones, carne y átomos devorados tiempo atrás. Rostros anónimos que, sin placas ni estatuas, sirvieron de abono e impactaron la belleza que contemplas. Te vas menos inquieto a dormir creyendo que ninguna vida es baldía. Y si lo fuera, qué vas a hacer tú, qué puedes hacer tú.

En movimiento hasta que el movimiento se desvanezca.

Porque llegará el día, sí.

Pero ahora estás aquí. Camina.

Sobre septiembre en la cuerda floja

Me gusta septiembre porque camina por la cuerda floja de las nuevas oportunidades.

Tensamos a sus pies los proyectos de los que nos creemos dueños y los atamos, de extremo a extremo, entre expectativa y realidad. Nos sentamos a ver el espectáculo y, de algún modo, la sensación de déjà vu es abrumadora. «Esta película ya la he visto, ¿verdad?» es tu compañero de butaca y, junto a «Me suena que acaba fatal», se empeñan en amargarte el visionado. Lo peor es admitir que seguramente lleven razón, reconocer que septiembre es muy dado a fatigarse, tambalearse y precipitarse al abismo. Pero sigues ahí: mirando sin parpadear, con esperanza, hundiendo los dedos en el reposabrazos.

La única manera de averiguarlo es continuar con los ojos abiertos.

Aguantas la respiración y, quién sabe, quizá esta vez sí.

Sobre palabras que no existen

De pronto es 16 de agosto. Durante este tiempo he pensado muchas cosas y escrito pocas. Bueno, para qué mentir: escrito ninguna. Al menos ninguna ligada a mis palabras internas. Sí que ha habido garabatos: nombres, pedidos, deberes, cifras, misiones y números de teléfono; pero digamos que no he atendido mis propias llamadas de línea terrestre. Las olas de calor y la falta de tiempo seccionaron el cable que une el eje corazón-cerebro con mis dedos, y no ha habido forma de recuperar todo lo que bullía dentro. Porque cuando brota en tu cabeza ese hilo del que tirar, si no lo recortas minuciosamente y lo clavas en una libreta, que sepas que no vas a recordarlo a la mañana siguiente. Y será como si nunca hubiese existido.

Sobre el asesinato de Samuel

El asesinato de Samuel Luiz sigue dando vueltas por mi cabeza. Me enteré poco después de que sucediera, porque estaba de vacaciones, desconectado del mundo y desde entonces no hay día que no piense en ello. Hace tiempo escribí una reflexión sobre lo que implicó para mí salir del armario y es desesperanzador sentir en la médula que las cosas están empeorando, que ese miedo sigue y seguirá existiendo; que el paso de vivir tu vida como eres te puede conducir de bruces a un odio que quiebra los huesos. Un millón de sueños machacados a patadas al grito de «maricón de mierda».

Siento frustración, desamparo, ira y, sobre todo, un gran desconcierto por la capacidad de algunos «seres humanos» para amargar la existencia a los demás. Destrozar vidas, literal y metafóricamente, mientras colocan la etiqueta de «lobby» a las minorías que claman por la dignidad que se les niega. Leo comentarios y noticias y me flaquean las fuerzas, me enredo en un futuro espinoso y lóbrego.

Pero también, una pequeña parte de mí se revuelve y se pone en pie. Si me amilano, ya han ganado. Dar un paso atrás es descartar el esfuerzo de millones de personas que dieron un paso adelante en el pasado. Gracias a esa gente pude ser yo, pude besar, pude expresarme, pude casarme. Y me da rabia y pavor sentir que cada una de esas cosas se las han arrebatado a Samuel.

No hay más opción que la de continuar la lucha por nuestro derecho a existir. La sociedad está infectada de odio, pero hay más gente buena que mezquina; gente que entiende que la educación no es adoctrinamiento, que los derechos humanos no son ideología, y estoy convencido de que si aunamos fuerzas, podremos construir un país mejor. Un país en el que a nadie le despojen de su orgullo a golpes.

Sobre hechizos, chispas y destellos

Si se quebrara el hechizo que nos mantiene herméticos, si nos derramásemos como tinta en un papel, ¿formaríamos una mancha legible para cualquiera? ¿O seríamos como coágulos de Rorschach, que cada cual entendería a su manera? Dudo mucho que nadie consiguiera la interpretación exacta e inequívoca, ni aún así. Ni aún abierta de par en par nuestra esencia, expuesta en volutas de pensamiento descarnado. Ni aún así.

El otro día empecé a escribir el texto de arriba y lo dejé guardado en borradores. Era un poco más largo entonces. Cuando volví a meterme en el blog lo recuperé y borré casi todo. Cambié el enfoque totalmente. No me apetecía contar lo que estaba contando, sino todo lo contrario. Deseché la cruz y me quedé con la cara. Luego, ¡sorpresa!, iba justo de tiempo y no pude terminar la entrada. Y ahora, días después, estoy sentado en el sofá con el portátil apoyado en mi regazo y ya ni cara ni cruz. La moneda ha dado tantas vueltas que ha acabado colándose por un desagüe. La chispa de la idea que prendió el párrafo inicial se vistió con un chubasquero amarillo, salió a la calle en mitad de un tormentón y, persiguiendo un barquito de papel, acabó engullida por un payaso superventas.

Cuando un destello te pide bailar hay que decir que sí al instante porque no sabes cuanto va a durar la canción. Puede que la pongan otra vez, pero las canciones, como Heráclito contemplando un río, aunque las escuchen los mismos oídos, nunca las baila el mismo bailarín.

Así que hoy sin más pulso «publicar». Deprisa porque la chispa se está cansando de esperar. Deprisa porque su canción está a punto de acabar.

Sobre escoger un libro

Me gusta terminar un libro y pensar detenidamente cuál va a ser el siguiente. Esa sensación de que todo es posible, ese cosquilleo de incertidumbre y expectación. ¿Qué viviré ahora? Rozar con los dedos las encuadernaciones en mi estantería, mirar los detalles de la cubierta buscando la señal apropiada para empezar el viaje. Como cuando te gusta alguien y esperas esa chispa de bienvenida en sus pupilas; conteniendo el aliento antes de aproximar tus labios a los suyos. Un corazón que late con valentía para recorrer los milímetros que lo separan de una narrativa totalmente distinta.

Hay emoción dentro de la posibilidad. Seleccionar la próxima lectura es negar todas las demás, porque incluso leyendo varios libros a la vez, cuando te centras en uno, tu vista y tu tiempo le dan exclusividad. Y ese es parte de su encanto; por eso me lo tomo muy en serio. Un ritual de géneros, títulos y número de páginas que me revitaliza. Poder escoger, aún equivocándome, el cuento que quiero ahora. La idea de decidir, de tener el control. Eso es felicidad. La vida debería ser, más a menudo, como escoger un libro.

Buscando la actitud

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